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Carlos Monge: Cómo hará Biden para reparar los daños de la política externa de Trump

Toda vez que se necesita la cooperación de China –el principal país emisor de dióxido de carbono (CO2), según la Comisión Europea: 27%, en un informe liberado en 2019 pero referido a 2015- para poner a coto a este problema global. Un asunto que, sin duda, relega a un segundo plano a la pugna por la hegemonía entre Washington y Beijing, ya que antes de proponerse aspirar al control o dominio del planeta, es necesario asegurarse de que éste siga existiendo, tal como lo conocemos.

Analistas de todo el planeta han derramado ríos de tinta intentando anticipar cuáles serán los ejes principales de la política exterior de Joe Biden, cuando el 20 de enero próximo ingrese a la Casa Blanca como nuevo Presidente de Estados Unidos. La conclusión central es que la viga maestra de este diseño estratégico consistirá, básicamente, en hacer una tarea de reparación o control de daños tras el desorden general creado en este ámbito por las políticas erráticas de Donald Trump. Que desechó a los profesionales del área y se apoyó en amateurs que aprobaran, sin mayores cuestionamientos, sus propias opciones.

Su primer Secretario de Estado, Rex Tillerson, era un ex ejecutivo de la petrolera Exxon que sostenía que no era claro que la acción del ser humano estuviera relacionada con el cambio climático y que, por lo tanto, poco se podía hacer al respecto. Duró poco más de un año en el cargo antes de ser reemplazado por Mike Pompeo, quien pasó de ser el jefe de la Agencia Central de Inteligencia a canciller de EE.UU.

Pompeo es un “halcón” que pasó por West Point, antes de graduarse de abogado, y alcanzó el grado de capitán, sin haber participado jamás en un combate real. En octubre de 2017, cuando llevaba diez meses en Langley, declaró que quería una CIA más “brutal, agresiva e implacable” (Le Monde, 13/3/2018). Enemigo jurado de Irán y Venezuela, este presbiteriano, de 57 años, ha sido leal a su jefe hasta el final, asegurando, el 10 de noviembre pasado, contra toda evidencia y ante una derrota casi consumada, que habría una “transición suave hacia una segunda administración Trump”.

Es necesario apuntar, además, otro dato contextual básico y que es el que dice relación con un Presidente que prescindió todas las veces que pudo de los diplomáticos profesionales y concentró en sí mismo, como si aún fuera el conductor del show televisivo “El Aprendiz”, las funciones que normalmente desempeña una Cancillería. Imposible olvidar su mediática gira a Corea del Norte, en junio de 2019, donde se reunió con Kim Yong-un, tras cruzar la frontera entre los dos Coreas. Y cómo delegó en su yerno, Jared Kushner, buena parte de la gestión de la política exterior estadounidense en Medio Oriente.

Por lo tanto, la designación de Antony Blinken como nuevo Secretario de Estado, por parte de Biden, emite una señal clara con respecto a una segunda clave de su política externa: la del regreso de los expertos en el área. Blinken es un fiel representante del Deep State. Se educó en París y luego en Harvard, y ha ocupado puestos en el National Security Council y el State Department, manteniendo, además, hasta hace poco un bufete de abogados con clientes vinculados al complejo militar-industrial. Como muchos demócratas, tiene un particular sesgo anti-ruso y no es de fácil trato personal, dada cierta arrogancia de base. Ha caracterizado la política comercial de Trump hacia China, que alterna guerras arancelarias con breves treguas, como una “debacle” y es partidario de un sabio pero completo desacoplamiento de EE.UU. en relación a Beijing.

Una insider como Anne-Marie Slaughter, ex directora de Planificación de Políticas del Departamento de Estado en el gobierno de Obama y académica top de Princeton, ha dicho recientemente que la prioridad uno de Biden, en política externa, será el tema medioambiental. Toda vez que se necesita la cooperación de China –el principal país emisor de dióxido de carbono (CO2), según la Comisión Europea: 27%, en un informe liberado en 2019 pero referido a 2015- para poner a coto a este problema global. Un asunto que, sin duda, relega a un segundo plano a la pugna por la hegemonía entre Washington y Beijing, ya que antes de proponerse aspirar al control o dominio del planeta, es necesario asegurarse de que éste siga existiendo, tal como lo conocemos.

Un profundo cambio de estilo

Para Slaughter, habrá cambios dramáticos en estilos de gobernanza entre Biden y Trump, pero no necesariamente en lo sustancial. Aunque se sabe que a veces las formas lo son todo. “Lo primero que hará (Biden) es reincorporarnos al Acuerdo (climático) de París (…) Se enfocará en la tecnología verde, en la economía limpia, en mucha inversión doméstica y en cómo el mundo aborda ésto” (Perfil.com, 19/12/2020).

“En estilo, si Donald Trump fue America First, Biden será Allies First (Aliados Primero). Abordará cada tema, ya sea geopolítico o global, pensando quiénes son nuestros amigos y socios y cómo los juntamos para enfrentar desafíos juntos. Es un enfoque mucho más solidario de los asuntos globales. Gran parte del primer año será gastado en reparar las relaciones dañadas con los aliados y descifrando cuáles son los grupos correctos para abordar a China, a Irán, y para enfocarse en la desinformación rusa…”

De lo anterior se desprende lo que, sin duda, será el quinto énfasis de la política exterior de Biden, haciendo la salvedad de que el orden de enumeración de los issues en este artículo no significa necesariamente orden de predominancia: el regreso del multilateralismo y el fin del discurso antiglobalista.

Como expresara Thomas Shannon, un veterano funcionario del Departamento de Estado, que fue, entre otras cosas, subsecretario adjunto de Asuntos del Hemisferio Occidental (América Latina y el Caribe), en el gobierno de George W. Bush: “Trump llegó al poder convencido de que EE.UU. tal vez había cometido grandes errores en su política externa por medio de acuerdos de libre comercio, compromisos de seguridad (…) Y su objetivo fue salir de todos ellos. Él, de hecho, reformuló cómo EE.UU. se relaciona con el mundo. Y alertó al mundo de que nosotros estaremos preocupados con nuestros problemas (…) Y cabe a los países preocuparse de sus propios problemas”.

En entrevista al diario brasileño Valor Económico (15/10/2020), agregó: “Eso perjudicó a EE.UU. globalmente, preocupó a nuestros aliados y envalentonó a nuestros adversarios (…) Con Biden hay una gran oportunidad para el pueblo americano de reconstruir un consenso sobre cuál es el objetivo de EE.UU. en el mundo y cómo precisamos estar empeñados globalmente y trabajar por medio de alianzas y socios para alcanzar metas comunes y compartidas”.

O, para decirlo en palabras de Slaughter, “El equipo de Biden y sus políticas serán multilaterales, defenderán la idea de un orden internacional basado en reglas…” Lo que plantea un nuevo problema, porque, tal como lo señala la CEO del think tank New America, con una franqueza inusual entre quienes, como ella, han ocupado altos cargos directamente relacionados con la formulación de directrices de política externa, “hace mucho que EE.UU. ha impuesto reglas a los demás que no respetó por sí mismo. Nunca firmamos el Tratado del Derecho del Mar, hay varios tratados que no hemos aceptado”.

La política de las tres D.

“Creo que fue en los 1990 cuando John Ruggie escribió que el excepcionalismo americano era, en realidad, exencionalismo americano (american exemptionalism), con respecto a las reglas internacionales”. Y ahí es donde se eslabonan lo que la misma Slaughter indicó como “los tres pilares de la política exterior de EE.UU. bajo Biden” (Financial Times, 19/10/2020), y que se pueden resumir en tres D: (Política) Doméstica, Disuasión y Democracia.

Según Slaughter, que tiene acceso en función de sus contactos con el mainstream demócrata a información de primer nivel, “la parte doméstica es absolutamente vital. Como dije sobre el clima, la gente de Biden cree que no podemos competir con China o jugar el rol que necesitamos jugar en el mundo a menos que nos reconstruyamos y renovemos. Esa parte es esencial, la deberíamos hacer aún si China no existiese. El elemento de disuasión tiene mucho que ver con China, pero también con Rusia y con cualquier otro adversario. Simplemente es modernizar nuestra defensa, así podemos descansar más en la disuasión que en el uso de la fuerza”.

“La parte de la democracia es la más complicada. Biden dijo que va a convocar a una Cumbre de Democracias; su asesor Tony Blinken (…) ha hablado de una Liga de Democracias. Biden ve el valor de unir a lo que llama el ‘mundo libre’ contra los autoritarios y China es el más poderoso de los Estados autoritarios. Tendremos que ver cómo resulta esto. Creo que es complicado. Yo llamé a un concierto de democracias en 2006 en el Princeton Project in National Security, pero ahora me enfocaría menos en democracias versus dictaduras, que en lo que lo haría en sociedades, gobiernos y orden internacional abiertos. EE.UU. mismo no luce como una gran democracia. Tuvimos una elección donde el presidente se rehusó a conceder. Entonces es una cuestión muy engañosa decir ‘estas son las democracias y ésas las dictaduras…”

Y ahí es donde Slaughter pone el dedo en la llaga: ¿cómo puede EE.UU. pretender recobrar liderazgo global cuando, con Trump a la cabeza, y pese a que acapara el 13% de las emisiones mundiales de CO2, con el segundo lugar en el ránking, después de China, se permite abandonar el tratado de mayor importancia acordado hasta ahora para conseguir la reducción de los gases que provocan el efecto invernadero y que hacen aumentar peligrosamente la temperatura del planeta? ¿O cómo se puede recuperar ese sitial de país líder cuando se ha retirado, dando un portazo, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en medio de una terrible pandemia que ya ha dejado un saldo de más de 323.000 muertos sólo dentro del territorio de la potencia que se adjudica el rol de hegemónica?

La respuesta a estas interrogantes es compleja y pone en evidencia que el equipo formado por Blinken, Linda Thomas-Greenfield y Jake Sullivan, los “tres mosqueteros” de la nueva política externa de Biden, tiene mucho trabajo por delante. Un team bien afiatado y formado en la escuela del gobierno Obama que, tal como advierten algunos observadores, “cree en la supremacía estadounidense, lo que podría llevarlos incluso a la imprudencia en el uso del poder militar americano” (Andrew Bacevich, presidente del Instituto Quincy para el Arte de Gobernar Responsable, citado por BBC.com, 24/11/2020).

Como sea, y dado el panorama anteriormente trazado, es difícil pensar en una política exterior demasiado agresiva, cuando no se cuenta con muchos aliados. “La fe en Estados Unidos como abanderado de la democracia se ha erosionado en toda Europa”, escribió Peter Wittig, embajador de Alemania en Washington durante gran parte de la administración Trump, en Foreign Affairs. Y lo mismo, qué duda cabe, puede aplicarse para otras regiones del mundo, como América Latina, considerando que China y Rusia tendrán un grado de atención absorbante, por parte de la Casa Blanca.

“La política exterior –como bien recordó Karen DeYoung, en The Washington Post (21/10/2020)- ha sido la tarjeta de presentación de Biden durante la mayor parte de su carrera en el gobierno. Pero está muy abajo en la lista de preocupaciones de los votantes estadounidenses que luchan contra una pandemia, disturbios sociales y una economía en apuros”.

“Para adaptarse a esta realidad, Biden ha delineado políticas que se superponen con su plan para curar los males domésticos. Recuperar el papel de EE.UU. en el mundo y defenderlo, ha dicho, requerirá que primero ponga su propia casa en orden. Una nación que se tambalea y se divide contra sí misma es un faro oscuro para atraer seguidores”. Lo mismo que de alguna manera plantea la Biblia cuando señala (Lucas 11: 14-23) que “todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y una casa dividida contra sí misma, cae…”.

Contenido publicado en El Mostrador

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