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Chile-China, la cultura y esos 70 años

Escrito por: Fernando Reyes Matta

Esta publicación fue obtenida de la plataforma: El Mostrador

Ocurrió hace 70 años, en una sala del Hotel Crillón, aquel que existía en la esquina de Agustinas y Ahumada. Fue solo un grupo, con una sensibilidad política común y un afán de dar desde otro lado del mundo un apoyo a la naciente República Popular China, lo que inspiró a los creadores del Instituto Chileno Chino de Cultura. Esa entidad sería la primera en todo el continente que apostaba a construir una relación con ese lejano país, avanzando por el camino de descubrir su ser milenario. Se buscaba, desde el afán cultural, impregnarse de lo que era ese proceso de cambios que allá se vivía tras el triunfo revolucionario encabezado por Mao Tse-Tung.

El 1 de octubre de 1952 se reunieron allí para concretar la idea. Se entremezclaban artistas y políticos como Salvador Allende, Pablo Neruda, José Venturelli, Abelardo Mella, Juan Martínez Camps y Clodomiro Almeyda, con el fin de impulsar una alianza estratégica entre los dos países. Neruda había estado el año anterior de visita en China, donde entabló una fuerte amistad con el poeta chino Ai Qing. Ambos hablaban en francés, idioma que muchos otros líderes de la Nueva China dominaban tras haber estudiado en Francia durante su juventud.

Pero a partir de 1952 la gran figura del acercamiento entre los dos países sería Venturelli, que con su mujer y su hija se fueron a vivir a China. Venturelli sería profesor en la Academia de Bellas Artes, sería observador de las raíces profundas de la tradición china presentes por todos lados, sería amigo del primer ministro Zhou Enlai y de varios otros dirigentes. Su esposa, Delia Baraona, crearía un método nuevo para enseñar español. Todo ello mientras la pequeña Paz aprendía chino mejor que el idioma de sus padres. China Popular no tenía relaciones diplomáticas con América Latina, pero tenía a Venturelli, al que consideró una especie de embajador como dirigente del Consejo de la Paz para los países de África, Asia y del Pacífico. Aquello también le determinaba a levantar puentes de acercamiento con los latinoamericanos y llevar hacia el país asiático a figuras como el mexicano David Alfaro Siqueiros o el novelista brasileño Jorge Amado. Y, por cierto, una amplia cuota de chilenos dispuestos a cruzar el mundo para visitar China.

Desde entonces y hasta ahora la tarea ha sido la misma: construir los fundamentos de las mejores relaciones por la vía del diálogo cultural. Entender a China y los chinos se ha convertido en una tarea prioritaria, especialmente desde que ese país pasó a ser la segunda potencia económica a nivel mundial. Entender su sabiduría para articular la tradición y la innovación, para saber conjugar más el “nosotros” que el “yo”; para decir que el pasado va adelante y no queda atrás como se concibe en Occidente, porque los antepasados llegaron primero en el caminar hacia el mañana; para asumir que la palabra armonía debe ser el principio ordenador de todas las relaciones. Y la armonía no se fundamenta en ser iguales sino en la convivencia de los opuestos, como lo grafican el yin y el yang.

Aquellos primeros viajeros chilenos por China se lo preguntaron muchas veces: ¿qué es China y qué trayectoria propia trae en el devenir del socialismo? Ninguno de ellos se imaginó en aquellos primeros años que con la llegada de la década del sesenta se produciría la gran ruptura ideológica entre Peking (así llamado entonces) y Moscú. Y mucho menos imaginaron que aquello traería alejamientos y pugnas entre ellos mismos, quienes habían compartido un mismo andar político de inspiración marxista. En realidad, tampoco podían imaginar que 70 años después de la creación del Instituto Chileno Chino de Cultura ya no existiría la Unión Soviética y China sería una potencia económica clave tras asumir las lógicas del mercado para orientar su desarrollo: un proceso que en su conjunto hoy se autodenomina “socialismo con características chinas”.

China, a su vez, se pregunta hoy cómo entenderse con América Latina, cómo tener acuerdos de alcance regional y de mirada larga, cómo tener un diálogo mayor con la región como conjunto. La pregunta sobre lo que somos viene desde entonces, cuando el Instituto propiciaba los viajes a China. Ahí está el ejemplo del diálogo del poeta Gonzalo Rojas con el propio Mao Tse-Tung, también cercano a la poesía en medio de sus tareas. Mao le preguntó si él, como escritor y lector, e hispanohablante, por cierto, entendía del todo a sus vecinos argentinos, uruguayos, peruanos, bolivianos, colombianos, centroamericanos, caribeños, mexicanos. El poeta dijo que sí, con un gesto. Y entonces Mao hizo una pregunta que es válida hasta hoy: “¿Y por qué no se juntan?”. Después, reflexionó sereno: “Pensar que su hermosa lengua, de tanta audiencia y vigencia hoy en el mundo, nació en esa meseta tan pequeñita de Castilla, y sin embargo cobró unidad y genio hasta llegar a ser lo que es. Nosotros disponemos de un idioma mayor, la lengua Han, pero hay muchos dialectos, lo que constituye un problema desde el punto de vista de la comunicación y de la unidad literaria”. Así lo recuerda Hilda R. May, en un ensayo sobre el poeta chileno.

En China no hubo solo visitantes desde Chile. Así como Venturelli, también fueron a trabajar a China Joaquín Gutiérrez, Francisco Coloane, Jorge Palacios, Virginia Vidal, Rubén Sotoconil, Mercedes Valdivieso, Luis Enrique Délano, entre otros. Académicos como Luis Oyarzún y la profesora Olga Poblete. La delegación encabezada por Salvador Allende recorrió China en 1954 durante un mes. Ello, con un largo viaje por el rio Yantzé y sus diversidades geográficas. Con él iban Hortensia Bussi, Sergio Insunza, Aída Figueroa, los arquitectos Abraham Shapiro y Largio Arredondo y la aguda mirada científica del profesor Alejandro Lipschutz. Y fueron muchos más, que consolidaron el camino para el establecimiento de las relaciones diplomáticas en 1970, al comenzar el Gobierno del Presidente Allende.

De los primeros en seguir aquel camino de encuentro con China, ya con relaciones diplomáticas instauradas, fue Radomiro Tomic, el gran líder de la Democracia Cristiana. Desde su compromiso cristiano de fraternidad miró a China y descubrió los fundamentos de ese “nosotros” milenario. Dijo Tomic a su regreso: “Encontré una comprobación espectacular, de que sin revolución cultural no hay cómo hacer una revolución socialista. El problema no es solo el cambio de las instituciones, sino una nueva conciencia. Eso, a mi juicio, se hace lúcido en China. En otros planos, es impresionante el sentido activo de solidaridad. Todos responden de todo y les diría, de todos… Al amanecer veo un grupo de niños que van trotando a la escuela con su profesor a la cabeza. Como China es todavía un país pobre y no cuenta con medios suficientes de movilización, los niños se agrupan en ciertos sectores de la ciudad y los profesores los acompañan en grupo a las escuelas. El niño percibe con todos los sentidos la identificación solidaria con sus maestros y compañeros… No quiero abrumarles con detalles, pero eso sí que es impresionante de ver”.

Hoy, 70 años después de la creación del Instituto Chileno Chino de Cultura, una pregunta domina el trasfondo filosófico del mundo: ¿Cómo se van a entender Sócrates y Confucio en el siglo XXI? Porque, ya sea en Chile, en Francia, Singapur, en Kenia o en Nueva Zelanda –por señalar geografías diversas– esa interacción cultural de las matrices de pensamiento surgidas casi al mismo tiempo hace 2.500 años será determinante en el futuro de la humanidad. Será desde allí donde habrá que iluminar el diálogo para enfrentar los grandes desafíos comunes que hoy amenazan al planeta. Hay que aprender a entenderse entre unos y otros, aunque las civilizaciones sean distintas y las culturas diversas. De una u otra forma habrá que saber dialogar con las antípodas en todo sentido. Esa fue la inspiración profunda que movió a los fundadores del Instituto Chileno Chino de Cultura hace 70 años.

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