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El cobre ante la disputa EE.UU. – China

Por Sergio Bitar

Durante la Segunda Guerra Mundial, Chile perdió el control efectivo sobre su principal
recurso, el cobre, debido a imposiciones de Estados Unidos, que invocaba razones de
seguridad nacional. Hoy reaparecen riesgos de nuevas restricciones o presiones, esta vez
bajo la lógica de la competencia estratégica con China.


El episodio de las visas negadas a funcionarios del Ministerio de Transportes, en el
contexto de las negociaciones con China para un cable de fibra óptica en el Pacífico,
despierta inquietud ante una posible ampliación del concepto de “amenaza a la seguridad”
y eventuales medidas punitivas de la administración Trump.


Algo similar ocurrió con recientes presiones para frenar la participación china-alemana en
la fabricación de pasaportes y en un observatorio astronómico en el norte del país
acordado con una universidad nortina (Universidad Católica del Norte y el Observatorio
Nacional Astronómico de China de la Academia de Ciencias). Nos ha sucedido antes y
puede repetirse si no actuamos con unidad e inteligencia estratégica para evitar costos
innecesarios para Chile, si quedamos entrampados entre dos potencias.


El pasado ofrece lecciones claras. La más impactante se produjo durante el Gobierno de
la Unidad Popular. Mi experiencia personal durante el exilio en Boston y Washington –en
la Universidad de Harvard y en la Smithsonian Institution– me permitió investigar las
acciones de la Administración Nixon contra el Gobierno de Allende y el modo en que la
lógica de seguridad dominante en Estados Unidos influyó en su política hacia América
Latina.


Revisé abundante documentación, comenzando por el informe de la Comisión del Senado
presidida por el senador Church, publicado en 1975, que examinó la intervención de la
CIA en Chile y otros países.


En plena Guerra Fría, la confrontación entre Estados Unidos y la URSS permeaba todos
los análisis y decisiones de Washington. Cualquier movilización social o reforma
estructural en América Latina activaba de inmediato alarmas. Todo movimiento de
izquierda era percibido como potencial aliado soviético y, por tanto, como una amenaza a
los intereses estratégicos estadounidenses.


Al estudiar los errores de la Unidad Popular que pudieron haberse evitado –y que quizás
habrían mitigado la tremenda agresión del Gobierno de Nixon–, constaté que los líderes
chilenos conocían poco cómo las élites económicas, militares y políticas estadounidenses
definían las amenazas y adoptaban decisiones. Tampoco se comprendió plenamente la
limitada capacidad de la URSS y de China para apoyar a terceros países: la primera
concentraba recursos en Cuba y la segunda en Vietnam.


Esa falta de comprensión constituyó una debilidad significativa, y seguirá siéndolo si no
fortalecemos nuestra capacidad de análisis de las reales correlaciones de fuerza
internacionales para orientar mejor nuestra política exterior.

Hoy no puede descartarse un escenario de mayor tensión geopolítica entre Estados
Unidos y China, con formas y consecuencias inciertas. El contexto mundial es muy
distinto al de la Guerra Fría, pero una de sus dimensiones centrales es la disputa por
recursos naturales estratégicos para la actividad económica y militar, entre ellos el cobre.
Estados Unidos produce más cobre del que consume, pero carece de suficiente
capacidad de refinación y debe importar cátodos. China produce menos de lo que
consume, importa grandes volúmenes de concentrados y los procesa gracias a la mayor
capacidad de refinación del mundo.


La demanda de cobre seguirá creciendo con rapidez, mientras la oferta aumentará con
mayor lentitud. Todas las economías planifican expandir su infraestructura de
electrificación y descarbonización. Chile probablemente continuará siendo el principal
productor: cuenta con importantes proyectos de inversión y posee las mayores reservas
conocidas. El cobre, el litio, las tierras raras y otros minerales estratégicos adquirirán una
relevancia sin precedentes. Esta realidad no puede subestimarse en la planificación del
país.


Conviene recordar lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Chile se mantuvo
neutral y solo declaró la guerra al Eje en 1943. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en
1941 y el ingreso de Estados Unidos al conflicto, ese país declaró el cobre insumo
estratégico militar. Impuso entonces un precio fijo de 11,7 centavos de dólar por libra y
estableció normas de comercialización obligatorias bajo el control de la War Production
Board.


En ese período, la producción chilena estaba en manos de las compañías
estadounidenses Anaconda y Kennecott. El país perdió ingresos significativos, al igual
que Perú y México, productores de otros bienes estratégicos.
La reacción nacional frente a ese abuso impulsó sucesivos intentos por recuperar el
dominio soberano de nuestros recursos: el Nuevo Trato (1953), la Chilenización (1966) y,
finalmente, la Nacionalización (1971). Recordar esos procesos permite concebir
escenarios posibles y diseñar políticas que resguarden nuestra autonomía, mediante
alianzas y acuerdos que reduzcan la vulnerabilidad externa.
La inteligencia artificial y la infraestructura de datos demandarán enormes cantidades de
cobre, energía y conocimiento científico. Anticipar escenarios probables y evaluar
opciones es una obligación de los gobiernos modernos. La respuesta habitual –atender
solo lo inmediato y actuar de manera reactiva, como si estuviéramos aislados, así ocurre
habitualmente en la disputa política corta– resulta insuficiente en un mundo donde los
factores globales inciden cada vez más en los proyectos nacionales.
En el caso del cobre, es crucial mantener el liderazgo en formación de profesionales,
investigación tecnológica y diversificación de mercados. Reforzar la autonomía exige
también ampliar la capacidad de refinación, hoy en declive. Si no se concretan pronto
nuevas inversiones –como el proyecto de refinería entre Codelco y Glencore–, hacia 2030
la exportación de concentrados podría alcanzar el 70% del total, lo que implicaría una
pérdida inaceptable de valor agregado y capacidad tecnológica.
Ante la expansión de la inteligencia artificial, los datos, los algoritmos, la infraestructura
energética, los chips, la conectividad y el espacio exterior concentran la atención de las grandes potencias. Ello no significa que el cobre pierda relevancia; por el contrario, sigue
siendo un insumo crítico.


Para proteger nuestros intereses debemos fortalecer las capacidades nacionales de
investigación, gestión y ejecución en áreas estratégicas, anticipar los cambios
tecnológicos y geopolíticos, consolidar el multilateralismo y articular alianzas que
promuevan normas internacionales respetuosas de nuestros intereses. ¿Hasta dónde
alcanzará la acción de EE.UU. para imponer su concepto de “seguridad en el hemisferio”,
y cuál será la estrategia china para asentarse en América Latina?
En un contexto de creciente bipolaridad, resulta esencial evitar alineamientos
incondicionales y preservar espacios de autonomía estratégica.


Fuente:

https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2026/03/02/el-cobre-ante-la-
disputa-ee-uu-china/

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