Por Gloria de la Fuente
El gran ganador de esta cumbre es, sin lugar a dudas, China. No sólo logró que su principal contendor se sentara a la mesa a negociar una salida para la creciente tensión mundial.
El mundo ha estado pendiente, y con razón, de la cumbre al más alto nivel que se desarrolló en Pekín entre el presidente de China, Xi Jingpin y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Un encuentro muy esperado que ocurrió en medio de tensiones relevantes en el mundo producto de la proliferación de conflictos y a más de un año que Estados Unidos iniciara unilateralmente una guerra arancelaria. Que el sistema internacional está en un proceso de transformación profunda, de eso no cabe duda y pareciera haber importantes luces de que por fin comenzamos a transitar hacia un orden mundial más propio del siglo XXI, aunque con varias de las pesadas dinámicas del siglo XX. En tal cuadro, ¿quién gana?, ¿quién pierde? Y ¿hacia dónde nos encaminamos?
El gran ganador de esta cumbre es, sin lugar a dudas, China. No sólo logró que su principal contendor se sentara a la mesa a negociar una salida para la creciente tensión mundial, dejando en evidencia el liderazgo de una potencia que, con pragmatismo y la perspectiva milenaria propia de su cultura, es capaz de poner los términos, haciendo parecer un juego de niños la errática performance internacional de su interlocutor. Por su parte, pierde EE UU, en medio de una cada vez más compleja agenda en los 16 meses que han pasado desde que Trump asumiera por segunda vez su mandato e intentara distintas incursiones en el ámbito internacional: guerra arancelaria, endurecimiento de su política migratoria y seguridad, denuncia a la agenda de cambio climático y género, amenazas a la soberanía a territorios que declara de su interés e intervención en conflictos bélicos de distinto tipo, entre otros varios que se expresan también en dinámicas internas, sin que de todo ello se aprecie ningún resultado concreto y coherente. Es mas, el balance es más bien deficiente: la justicia norteamericana ha revocado varias de las medidas arancelarias, la política migratoria ha sido transversalmente denunciada, su involucramiento en los conflictos en Medio Oriente solo parece agravar más que ayudar a solucionar situaciones que han tenido efectos gravísimos en la vida de miles de personas como ha sido en el caso de Palestina o en el comercio mundial, a propósito de la crisis con Irán. Pierde, en definitiva, la muy bullada y promocionada doctrina Donroe, su rol en la seguridad internacional (e interna) y plantea una duda razonable si esta doctrina no está ya siendo tácitamente modificada desde sus cimientos.
No cabe duda que ante esta situación, es una gran interrogante el resultado de las elecciones de medio término en EE UU de noviembre próximo.
Ganan las megaempresas tecnológicas, que fueron parte importante de la de la delegación de EE UU. Atrás parecen quedar los tiempos donde las empresas chinas eran perseguidas por EE UU, junto con sus ejecutivos en distintos puntos del mundo, bajo la amenazas de la aplicación de sanciones. Se abre la era del pragmatismo donde la soterrada guerra tecnológica se reemplaza por nuevas formas de cooperación y abre paso a nuevos negocios. La gran interrogante es como esto tendrá un efecto directo en el desarrollo tecnológico y el crecimiento exponencial de la IA, con sus consecuencias aún insospechadas en la vida cotidiana de las personas, mientras el mundo comienza incipientemente a discutir sobre la posibilidad de generar una gobernanza global al respecto.
Y considerando que la diplomacia mundial tiene también mucho de símbolos, pierde también un orden mundial donde la igualdad de género sea una realidad. En la mesa de negociación más importante del mundo, donde se redibuja la geopolítica del siglo XXI, no había ninguna mujer. Probablemente habrá quien piense que, frente a las urgencias que plantea el mundo, poner el foco en la participación activa de mujeres en diplomacia es una suerte de majadería. La exclusión de las mujeres de los espacios de negociación política a nivel internacional no solo supone excluir al 50% de la población del mundo, sino que también arriesga a que las miradas de las mujeres, en su diversidad, queden silenciadas, cosa que en tiempos de retrocesos de sus derechos en distintos lugares del mundo, es sin duda una fuente de preocupación. No deja de ser esto una paradoja cuando apenas hace algunos meses se celebraba en la capital china los 30 años de una de los encuentros más importantes del mundo sobre igualdad de género, la Conferencia Mundial sobre la Mujer y la plataforma de acción de Pekín, que fue un hito relevante en la promoción de la igualdad de género y políticas en favor de la mujer de las últimas décadas en distintos lugares del planeta.
Gana, sin duda, la posibilidad de resolver conflictos en el mundo bajo en declarado mutuo interés, -ya sea por convicción o pragmatismo de ambas potencias- de establecer un orden mundial donde la paz y la seguridad sean parte del mapa. Con ello también se comprometen a desescalar cualquier tensión que los lleve a enfrentarse en un potencial conflicto entre las grandes potencias, con un llamado expreso del líder chino a superar la trampa de Tucídides que en las relaciones internacionales se entiende como la inevitable guerra que ocurre cuando una potencia que emerge amenaza a la dominante.
Y si de establecer las nuevas reglas del orden mundial se trata, Europa y las potencias medianas quedan en la incertidumbre. Recordada es la intervención del premier canadiense en Davos que planteaba el quiebre del orden internacional basado en reglas y proponía avanzar hacia un orden mundial, de equilibrios dinámicos y estratégicos donde las potencias medianas tuvieran una voz que levantar. Si bien con posterioridad ha habido encuentros interesantes en seguimiento a esto, es aún incierto si existirá voluntad real en muchos de estos países de superar las lógicas del interés nacional y sostener alianzas que puedan representar intereses cohesionados y de bloque.
Interrogante plantea también la manera en que Europa buscará nuevamente ser un actor en este juego donde pareciera que las dos super potencias son quienes definen los destinos y toman las decisiones. Al respecto, los desafíos más relevantes son el futuro que tendrá el conflicto derivado de la invasión de Rusia a Ucrania, con el consecuente desgaste que ha significado para los países de Europa, pero más específicamente la manera en que países como Francia o Reino Unido, hoy también, al igual que Rusia, logran tener un rol en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que enfrenta además meses decisivos en la elección de una nueva Secretaría General de Naciones Unidas. Ya lo decía el canadiense Cartney en su alocución en Davos: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Y lo es claro, a estas alturas, a que parte de la cena serán convocados.
Con todo, pareciera que avanzamos a pasos agigantados a un reordenamiento del tablero, ¿cuánto permanece y cuánto cambia? ¿Quiénes serán los convocados a esta mise-en-scène? Es muy pronto para aventurar una respuesta.
Fuente:
https://elpais.com/chile/2026-05-17/ganadores-y-perdedores-de-un-nuevo-orden-mundial.html


