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Hacia una nueva Unasur

Por Rolando Drago

Publicado en: El Mostrador

Una nueva Unasur requiere el concurso activo de nuevos actores, gremios, universidades, gobiernos subnacionales, asociaciones empresariales y otros. En tiempos en los cuales la construcción de un nuevo modelo de desarrollo está a la orden del día para enfrentar el cambio climático y hacer posible la inclusión social, es clave que la nueva instancia genere una dimensión productivo-empresarial de envergadura. La experiencia de otros procesos de integración como el de la Unión Europea es clarísima al respecto.


Desde el Foro Permanente de Política Exterior hemos impulsado la necesidad de recrear un espacio de integración sudamericano. Lo hemos hecho a partir del convencimiento de que nuestra región tiene enormes potencialidades y  merece un mejor destino; que por separado nuestros países, incluso los más grandes, tienen poco futuro y su voz difícilmente se escuchará en la escena internacional. Desde siempre hemos sostenido que el “adiós a América Latina” que algunos todavía proponen es una insensatez. Para tomar un solo ejemplo, una necesidad tan acuciante como la migración ordenada solo podrá materializarse en el marco de una concertación que involucre a todos los países de América del Sur.

Un resultado importante de los esfuerzos desplegados fue la Carta Abierta que, en noviembre del 2021, siete expresidentes, once excancilleres y un número importante de personeros regionales de amplio espectro enviaron a los Jefes de Estado de los doce países de América del Sur. Se sostuvo allí que la integración es la única vía para superar la irrelevancia en la que nos encontramos y crear “mejores condiciones para enfrentar las cuatro mayores amenazas que acechan a la región: cambio climático, pandemias, desigualdades sociales y regresión autoritaria”.

Se reconoce en esa Carta que Latinoamérica y el Caribe constituye una región muy diversa, lo que obliga a “entender la integración como un proceso que adopta necesariamente una geometría variable” y que cada una de las subregiones, México en América del Norte, el Caribe, América Central y América del Sur, tiene peculiaridades que es fundamental tomar en cuenta.

La reorganización de Unasur es un proceso que partió y no se detendrá.

El  presidente de Brasil, Lula, ha sido categórico en cuanto a la voluntad de reorganizar Unasur sobre “nuevas bases”. Para ello está invitando a los Jefes de Estado del continente a un retiro en Brasilia el próximo 30 de mayo. Similar decisión anunció el presidente de Argentina, Alberto Fernández, a fines de marzo recién pasado. Con ocasión de su reciente visita, invitó al Presidente Boric a trabajar mancomunadamente para recrear  “no la Unasur que conocimos”, sino una para los tiempos actuales que sirva al desarrollo económico de nuestros pueblos.

Chile no puede restarse de este proceso como algunos parecieran proponerlo.

La reformulación de Unasur debe partir de un reconocimiento sincero de sus desaciertos y deficiencias. Así, por ejemplo, la regla de la unanimidad –el consenso– terminó por paralizar las decisiones; la ausencia de un impulso a la integración productiva, comercial y financiera, le quitó consistencia, mientras que el carácter marcadamente Estado-céntrico del proceso marginó a importantes sectores de la sociedad fundamentales para imprimir dinamismo a un proceso de este tipo.

Pero la antigua Unasur tiene también importantes activos para exhibir. Una evaluación mínimamente ecuánime no puede desconocerlos. Entre ellos destacan la actuación pronta y eficiente en la solución de algunas crisis graves, como las de Bolivia en 2008, Ecuador en 2010 y el conflicto entre Colombia y Venezuela en 2009-2010. Cabe señalar también la labor realizada por los Consejos de Políticas Públicas en especial el de Defensa Suramericano; el de Salud y el Consejo Energético.

Recrear el espacio de integración suramericano no implica retrotraernos nostálgicamente al pasado, ni revivir un fracaso como superficialmente editorializó recientemente un importante medio de comunicación. La nueva Unasur (y no necesariamente este debe ser el nombre de la naciente entidad), debe orientar su quehacer prioritariamente a las cuestiones que aquejan de manera urgente a la región. Entre ellos, la necesidad de avanzar en dirección de: una mayor autonomía sanitaria, migración ordenada, integración física, digital, energética y productiva. Es imperativo igualmente que el proceso integrador contenga una definición taxativa sobre su dimensión feminista, tanto en sus propósitos como en sus aspectos institucionales.

Es fundamental ser especialmente cuidadosos en el sentido que la nueva instancia no puede ser un club de  presidentes amigos o de gobiernos con afinidades ideológicas. La región tiene que ser capaz de generar una institución que esté muy por sobre las opiniones o los intereses particulares de los gobiernos de turno.

Una nueva Unasur requiere el concurso activo de nuevos actores, gremios, universidades, gobiernos subnacionales, asociaciones empresariales y otros. En tiempos en los cuales la construcción de un nuevo modelo de desarrollo está a la orden del día para enfrentar el cambio climático y hacer posible la inclusión social, es clave que la nueva instancia genere una dimensión productivo-empresarial de envergadura. La experiencia de otros procesos de integración como el de la Unión Europea es clarísima al respecto. Finalmente, es crucial entender que la institucionalidad debe ser construida a partir de la agenda y el programa, y no a la inversa como a menudo ha ocurrido en pasados esfuerzos integradores.

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