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Jorge Heine: Chile entre Asia y el Indo-Pacífico

Por Jorge Heine, profesor de Relaciones Internacionales, Universidad de Boston

Está de moda hablar del “Indo-Pacífico”. Tanto es así que en un documento publicado en el Diario Oficial, “Aprueba Política de Defensa Nacional de Chile 2020”, el Ministerio de Defensa lo identifica como “una zona vital para el desarrollo y prosperidad de Chile en el siglo XXI”. Ella es descrita como una región de conflictos y riesgos potenciales, y de “amenazas a la libre navegación en rutas aéreas y marítimas vitales para el comercio”. Esto significa un giro en la Política de Defensa de Chile y entrega una mala señal.

La noción de Indo-Pacífico, de antigua data, fue revivida por el Presidente Trump en 2017. Su expresión más agresiva y militarizada, la del Indo-Pacífico Libre y Abierto, es esgrimida con fervor por Washington y se expresa en el llamado Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (el “Quad”). Integrado por Estados Unidos, Australia, Japón e India, tuvo su primera reunión cumbre en marzo pasado, y es descrito por algunos como la “OTAN del Asia”. Constituye ante todo una coalición anti-China.

El uso del término Indo-Pacífico reemplaza al de Asia-Pacífico. Tanto Washington como Tokio consideran que el “Asia-Pacífico”, de gran auge en las últimas tres décadas, está demasiado identificado con China, por lo que conviene jubilarlo. “Indo-Pacífico” tiene la ventaja de asociarse con India, pieza clave en la estrategia de contrapesar la presencia china en esa parte del mundo. El que India, el “otro gigante asiático”, pese a una población casi igual a la de China, tenga una economía que es la quinta parte de la china, y no sea parte de acuerdos comerciales de la región, como el RCEP, es inmaterial. Como señaló Harold Nicolson, la diplomacia es una forma de arte por escrito y las palabras hacen una gran diferencia. Esto es un ejercicio semántico.

¿Por qué es una mala idea que Chile se pliegue a usar el término Indo-Pacífico? En los noventa, Chile estuvo a la vanguardia de América Latina, dándose cuenta que, en la post-Guerra Fría, la acción se trasladó al Asia-Pacífico. Incorporándose a APEC, abriendo embajadas, y firmando Tratados de Libre Comercio, Chile abrió brecha y fue pionero en definir la globalización como asianización. Hoy, un 60% de las exportaciones de Chile van al Asia, un 35% de ellas a China.

La noción que ahora, de súbito, Chile abandone ese capital, y se embarque con una nueva definición de la zona, concebida para confrontar a China, es contraintuitiva. ¿Qué gana Chile comprándose peleas de terceros en el mismo vecindario de su principal socio comercial? ¿Por qué meterse en las patas de los caballos? Chile tiene una larga tradición de no alinearse, y de mantener su autonomía. El Canciller Andrés Allamand ha propuesto la “neutralidad activa” como principio de política exterior. Si hay algo que Chile no debe hacer es tomar partido en la disputa entre ambas potencias y menos aún en la zona inmediata a China, y usando el lenguaje de su adversario. Esperemos que la Cancillería clarifique que Chile no está en planes de asociarse a la “OTAN del Asia”.

Contenido publicado en La Tercera

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