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José Miguel Insulza: El sistema internacional fragmentado

La nueva gobernanza global tendrá que ser más diversificada; tenderá a generar más conflictos; las soluciones serán distintas según la región de que se trate; pero ellas no podrán ser ya impuestas desde fuera.

Por José Miguel Insulza

Publicado en: El Libero

La reunión del G20 realizada el fin de semana reciente en Nueva Delhi no obtuvo los resultados que sus principales protagonistas esperaban. India pretendía proyectar el carácter de actor global que su poderoso líder, Narendra Modi, ha buscado en distintas visitas a los principales centros de la política mundial, realizando un “Summit”plenamente concurrido y con decisiones efectivas que revelaran su nuevo liderazgo. Pero el propósito fue frustrado, no por la ausencia ya esperada de Vladimir Putin, sino por las inesperadas excusas del líder chino Xi Jinping, quien a última hora informó de su inasistencia, poniendo a todos los expertos a preguntarse por qué faltaba, por primera vez, a un G20.

En cuanto a Estados Unidos y los demás miembros de la OTAN presentes, quienes buscaban una condena clara a la invasión rusa de Ucrania, como había ocurrido en la Cumbre del año pasado, tuvieron que conformarse con una declaración que critica la guerra, pero no menciona al principal agresor.

Ucrania no podía ser fuente de discrepancia, con Rusia y China ausentes; pero los gobiernos de Ucrania, Estados Unidos y otros, no quedaron satisfechos con la resolución. Tampoco se avanzó mucho en los temas ambientales, comerciales o de financiamiento al desarrollo que se querían abordar, en vísperas de la COP 28 que tendrá lugar en los Emiratos Árabes desde el 30 de noviembre y de la Sesión de Otoño del FMI y Banco Mundial que tendría lugar en Marrakech en octubre. De hecho, hasta poco antes de viajar a Nueva Delhi los principales líderes, aun se temía que no hubiera declaración. Y después de concluida no faltó el comentario caustico de que se había tratado de una buena oportunidad fotográfica (a good foto-op)

Comparemos esto con el G20 de 2009, en Londres, subtitulada “La Cumbre Para los Mercados Financieros y la Economía Mundial”. En ese encuentro especial se abordó con buenos resultados una temática amplia y compleja, en que países desarrollados y en desarrollo trazaron un camino para sacar al mundo de su mayor crisis financiera en 80 años. Estaban allí presentes todos los protagonistas y se hablaba aún de manera general de una economía global o un mercado mundial, en cuyo fortalecimiento todos tenían interés. Gordon Brown, Primer Ministro británico y anfitrión de esa Cumbre, la saludó como la inauguración de una “nueva era progresista” en el mundo. 

En los análisis anteriores a Nueva Delhi, en cambio, se habló más de geopolítica que de economía mundial. En realidad, nadie se refirió a la “nueva era progresista” y aunque la situación económica mundial dista mucho de ser satisfactoria, los temas estratégicos fueron los centrales en una Cumbre concebida originalmente como el mayor instrumento de decisiones económicas colectivas post Guerra Fría.

La invasión masiva de Rusia contra Ucrania ha aumentado la brecha entre ese país y Europa, reviviendo las doctrinas geopolíticas acerca de la importancia estratégica crucial del centro de Europa en el dominio global. El liderazgo ruso, en medio de la crisis de su imperio a fines del siglo pasado, no prestó mucha atención a los avances de la OTAN en los dos anillos de protección que prestaban a Rusia el llamado “campo socialista” y las naciones soviéticas en su periferia.

La llegada al poder de Putin, quince años después de la caída del Muro de Berlín, encendió esa polémica. En la visión del nacionalismo ruso, esos cambios de alianzas eran un enorme retroceso de seguridad y tarde o temprano Ucrania, Moldavia, Georgia y hasta la fiel Bielorrusia, podían seguir el camino de otros hacia la Unión Europea y luego a la OTAN, dejando el enorme territorio ruso europeo descubierto para el avance occidental.

Es extraño, en realidad, que los países de Europa Occidental, como Alemania, Holanda o Dinamarca, más reacios a esos avances hacia el Oriente, no hayan advertido los riesgos que ello implicaba. O tal vez no midieron el carácter masivo de la agresión rusa o la voluntad imperial de Putin. El hecho es que hoy Europa, o más bien el centro de Europa, está enfrascada en una batalla geopolítica, unificada en el esfuerzo bélico y muy desligada del globalismo predicado en el G20.

Junto a esto se acrecienta la rivalidad entre China y Estados Unidos. El G20 fue concebido como el espacio central del Global World y ciertamente sería una lástima que termine convertido en un escenario de confrontación entre potencias. Ya la marginación rusa del evento indicaba algo de eso, pero la ausencia china carece de explicación y parece consagrar la rivalidad. No se entiende que China gane algo desairando a la India en el momento de su aparición en el centro del escenario global: todo el mundo sabía que Modi quería realizar esa irrupción en su propio territorio; negárselo es una arriesgada maniobra. Incluso si se atribuye su ausencia a las malas relaciones de China con el anfitrión, hay que considerar que Estados Unidos, que desdeñaba a Modi hasta hace pocos años, ahora está enfrascado en una operación de seducción del gobernante indio: lo ha invitado ya dos veces a lucirse en su territorio, donde la influencia económica y política de los residentes indios es cada vez más notoria con discurso ante el Congreso incluido. 

La participación de la India en el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad junto a Estados Unidos, Australia y Japón se parece mucho a las alianzas que cercaban a la Unión Soviética en la Guerra Fría. Y aunque el Presidente Biden lamentó como “una desilusión” la ausencia de Xi, fue bastante clara su intención de aprovechar la ocasión para exhibir las ventajas de una alianza con Estados Unidos. La visita siguiente de Biden a Vietnam, donde esperaba suscribir algunos acuerdos de cooperación, probablemente juega parte de este ajedrez. Sin embargo, la cautela mostrada por el gobierno indio en el tema de Ucrania parece indicar que no está aún decidido a provocar excesivamente a China y Rusia.

Los movimientos de China son más difíciles de comprender, salvo en aquello que tiene que ver con disputas marítimas tradicionales. Ciertamente la disputa con Estados Unidos ha causado daños graves a la economía china, no sólo en el comercio, sino también en la búsqueda de inversiones en nuevas tecnologías. Pero después de las ultimas dificultades de la muy ambiciosa estrategia de la Franja y la Ruta, China no parece tan dispuesta a buscar un liderazgo global, sino más bien a asegurar su fortaleza en disputas claves, como Taiwán y Hong Kong, a proteger adecuadamente su entorno territorial, donde la India es un riesgo natural, y a defender sus accesos a la economía mundial.

En suma, como afirman algunos especialistas, China entiende que no es su momento para buscar una hegemonía global; pero sí pretende asegurar que no pueda haber un Nuevo Orden Mundial sin la presencia central de China. Y para ello busca también recuperar otros espacios.

La resurrección del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) era un escenario improbable en la década pasada, cuando a dos de sus miembros (China y la India) les iba tan bien, mientras los otros tres enfrentaban serias dificultades. Pero en la reciente reunión de BRICS en Sudáfrica, a la cual concurrió Xi Jinping, se incorporaron algunos observadores y al concluir se anunció que, a partir enero de 2024, se incorporan seis nuevos miembros: Irán, Arabia Saudita, Argentina, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Etiopia.

La presencia de varios estados árabes en los BRICS no debe sorprender, dados los movimientos que han existido los meses recientes. El principal de ellos es el vínculo entre Irán y Arabia Saudita, hasta ayer enemigos irreconciliables y hoy asociados para poner fin al conflicto de Yemen y luego abordar otros asuntos. La ofensiva del príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed Bin Salman, hoy convertido en Primer Ministro, para fortalecer la unidad de los Estados Árabes, ha tenido frutos importantes.

La era “progresista” de Gordon Brown nunca se concretó. No existe una gobernanza global, los organismos internacionales juegan un papel menos relevante y lo que hay, en cambio es la presencia de nuevos actores que se niegan a seguir las pautas de las potencias mayores y se unen para buscar una mayor presencia. En esta nueva realidad, hay que agregar la ya existente ASEAN, en la cual participan los mayores estados del sudeste asiático, los cuales, si superan las graves divergencias en torno al tema de Myanmar, pueden también jugar un papel regional importante. Quedan aún actores potenciales relevantes, en el Sur de Asia, en África y, por cierto, en América Latina, que aún carecen de la unidad suficiente para ejercer alguna influencia en este panorama internacional fraccionado.

Hay también una realidad más general. El desorden de la economía global, el peso de la pandemia, la amenaza del calentamiento global, han vuelto a exhibir las graves inequidades que afectan a los países más pobres. Si a estos males se unen el egoísmo que los países más desarrollados han demostrado para acudir en ayuda de los más pobres, sea para proveer vacunas, evitar la escasez de trigo o mitigar los trastornos climáticos, se entiende la falta de entusiasmo y la cada vez menor legitimidad de que gozan los conceptos de globalización o gobernanza global.

Esa menor legitimidad también se expresa en un mayor desapego de la idea democrática. La hegemonía de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial no provino solamente de su carácter de primera potencia industrial del mundo, ni de su incontrarrestable superioridad militar, sino también de una suerte de superioridad moral, producto de su victoria contra el nazismo y su contención del comunismo. Parte del mundo al menos abrazaba el “modo de vida americano”, en que el libre comercio y la iniciativa individual se mezclaban con orden interno y pleno ejercicio democrático.

Hoy cuando los Estados Unidos y sus aliados ya no muestran tanto entusiasmo por el libre comercio y el progreso social; los conflictos raciales adquieren cada vez más envergadura y proliferan los movimientos ultranacionalistas, con propuestas de dominio e incluso acciones subversivas en contra de resultados electorales. 

No preocupa aún a las potencias mayores que estos nuevos actores emergentes quieran subvertir el sistema. El riesgo para quienes aún pretenden gobernanza global es que se generen numerosos espacios paralelos multilaterales con distintos propósitos, sistemas sociales y normas de convivencia, que fragmenten el escenario global y busquen sus propios arreglos (y controversias) geopolíticas, no controlables por el conjunto del sistema.

Los nuevos actores no buscan un cambio radical en el sistema, sino sólo un espacio propio dentro de él, en que sus intereses formen parte de la ecuación. La nueva gobernanza global tendrá que ser más diversificada; tenderá a generar más conflictos; las soluciones serán distintas según la región de que se trate; pero ellas no podrán ser ya impuestas desde fuera. Muchas más naciones en el mundo quieren hoy ser parte de la política, al menos en las regiones de este mundo, que sigue siendo global, pero quiere también ser diverso y anti hegemónico.

Y una palabra de atención a nuestra América Latina, que está hoy en la más difícil de las situaciones: fragmentada, con posturas políticas muy diversas en los países y problemas comunes de gobernanza, pobreza y calentamiento global. Tres de nuestros países mayores son miembros del G20: Argentina, Brasil y México. Los dos primeros también pertenecen o pertenecerán pronto a los BRICS. Entre los tres son más de la mitad de la población de América Latina. Las posibilidades de fragmentación de nuestra región, con un escenario en que otras alianzas sean más atractivas que el viejo e improductivo regionalismo latinoamericano, arriesgan también una nueva forma de fragmentación entre nosotros, lo cual sólo nos llevaría a una mayor marginación.  

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