Por Osvaldo Rosales
Aranceles, tecnología y fases en el conflicto
El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025, como el 47º. presidente de Estados Unidos, inauguró una nueva etapa de elevada complejidad en las relaciones entre Estados Unidos y la República Popular China. Lejos de representar una simple reedición de su primer mandato (2017-2020), el segundo período – Trump 2.0 – se ha caracterizado por una combinación particularmente volátil de continuidad estratégica, confrontación económica directa y desescaladas pragmáticas orientadas a objetivos políticos de corto plazo.
Durante el primer mandato de Trump la política hacia China estuvo dominada por la imposición de aranceles generalizados y un discurso confrontacional centrado en el déficit comercial, la propiedad intelectual y la seguridad nacional. Si bien estas medidas alteraron significativamente los flujos comerciales bilaterales, no lograron inducir cambios estructurales en el modelo económico chino.
En su segunda gestión, Trump combina confrontación económica con negociaciones y un uso más preciso de la coerción. Entre 2025 y 2026, se consolida una estrategia de presión selectiva sobre sectores clave. La política hacia China se convierte en una rivalidad gestionada, usando la coerción de forma flexible y reversible, sin buscar un desacoplamiento total. A diferencia de la administración Biden, que en la disputa con China priorizó la coordinación con aliados y mecanismos multilaterales, Trump 2.0 retomó con fuerza una lógica unilateralista y transaccional, privilegiando el uso de aranceles, amenazas públicas, sanciones económicas y acuerdos personalistas entre líderes como instrumentos centrales de política exterior.
China, por su parte, llegaba a ese segundo mandato con una estrategia explícita de resiliencia económica y reducción de vulnerabilidades externas. A la vez, la economía estadounidense y sus aliados habían internalizado los costos de una confrontación indiscriminada. Ese contexto favoreció un giro táctico. Trump 2.0 no abandona la lógica de presión, pero la redefine. La coerción económica se convierte en un instrumento negociador más que en un objetivo en sí mismo. En lugar de repetir una guerra comercial total, la nueva administración privilegió acciones rápidas, reversibles y negociables, orientadas a obtener concesiones específicas en áreas claves. Las medidas adoptadas no persiguen una ruptura definitiva sino la obtención de concesiones puntuales y verificables.
Esta segunda fase se desarrolla en un contexto internacional más frágil que el de finales de la década de 2010. La economía global arrasa los efectos de la pandemia (elevados déficits fiscales y deuda pública y cierta fragmentación de las cadenas de suministro); conflictos armados prolongados, tales como Rusia- Ucrania, Medio Oriente (Siria, Yemen, Israel bombardeando Gaza y Líbano), Africa (Sudán, Etiopía, Mozambique) y una competencia tecnológica intensificada. El bombardeo de Israel y Estados Unidos a Irán, a partir de fines de febrero 2026, y la reacción iraní, agregaron un alza de 40% en el precio internacional del petróleo, con sus impactos en combustible, gas natural y fertilizantes. Este shock energético conduce a una revisión a la baja en el crecimiento y al alza en la inflación mundiales, al menos para 2026.
En ese escenario, la relación entre Estados Unidos y China reaparece como el eje estructurante del sistema internacional, con impactos que trascienden ampliamente el plano bilateral. Tras las sucesivas presidencias de Trump esta relación fue evolucionando desde una fase de integración económica de facto entre 2001 y 2015, a otra de competencia estructural. [1]
La escalada comercial y el retorno de la guerra arancelaria
Durante los primeros meses de 2025, la política estadounidense hacia China se concentró casi exclusivamente en el ámbito comercial. A partir de febrero de ese año, Washington impuso sucesivas rondas de aranceles que, en cuestión de semanas, elevaron la tasa efectiva sobre las importaciones chinas a niveles cercanos al embargo comercial.
Estas medidas fueron justificadas públicamente por la administración Trump bajo múltiples argumentos: el combate al tráfico de fentanilo, la necesidad de corregir el déficit comercial, la protección de la industria nacional y la salvaguardia de la seguridad nacional. En la práctica, los aranceles se convirtieron en una herramienta de presión integral, utilizada no solo contra China, sino también como advertencia a terceros países, incluidos los principales aliados de EE.UU. (Rosales, 2025)
China respondió con rapidez y contundencia, elevando sus propios aranceles sobre productos estadounidenses, restringiendo importaciones agrícolas clave y anunciando que dejaría de reaccionar a futuras incrementos arancelarios, una vez que el comercio bilateral dejara de ser económicamente viable. Esta decisión marcó un punto simbólico: Beijing aceptaba el costo económico inmediato con tal de evitar una espiral de represalias.
El resultado fue una contracción abrupta del comercio bilateral y un aumento significativo de la incertidumbre para empresas, inversionistas y gobiernos de terceros países profundamente integrados en las cadenas de suministro sinoestadounidenses.
La intensificación de la guerra arancelaria en 2025 aceleró procesos de reconfiguración de cadenas productivas que ya se encontraban en marcha desde el primer mandato de Trump. Empresas multinacionales comenzaron a diversificar su producción y nuevas inversiones hacia el Sudeste Asiático, México, India y otros mercados emergentes, no necesariamente abandonando China, pero abriendo espacio a decisiones más estructurales de reubicación, si es que el conflicto bilateral seguía creciendo.
Para China, la contracción del comercio con Estados Unidos fue parcialmente compensada por el aumento de exportaciones hacia economías emergentes y la Unión Europea. Sin embargo, esta diversificación no logró sustituir completamente la magnitud del mercado estadounidense, especialmente en sectores de alta tecnología y bienes de consumo con alto valor agregado.
Estados Unidos, por su parte, enfrentó presiones inflacionarias internas, aumentos de costos para consumidores y distorsiones en sectores estratégicos como la industria electrónica, automotriz y agrícola. Estas tensiones contribuyeron a generar presiones políticas internas que, eventualmente, empujarían a la administración Trump a considerar una desescalada parcial.
Desescalada táctica y retorno de la negociación
Esta desescalada se hizo evidente a partir de mayo de 2025, cuando ambas potencias comenzaron a reconocer explícitamente que el conflicto había alcanzado niveles insostenibles. Reuniones bilaterales en Ginebra, Londres y Estocolmo permitieron una reducción temporal de los aranceles recíprocos y la reapertura de canales de diálogo técnico.
La desescalada fue calibrada; las partes mantuvieron sus objetivos estratégicos, pero aceptaron concesiones temporales para evitar daños económicos mayores y ganar margen de maniobra diplomático. No hubo normalización, sino una pausa funcional dentro del ciclo de presión-negociación que define la relación bilateral desde 2018.
Tecnología, seguridad nacional y desacoplamiento selectivo
Tras estabilizarse los aranceles, el conflicto se centró en la tecnología avanzada. Estados Unidos endureció exportaciones a China de semiconductores, software y sistemas de computación de alto rendimiento. Estas medidas apuntaron a una estrategia más amplia de desacoplamiento selectivo, cuyo objetivo no era aislar completamente a China del sistema económico global, sino limitar su acceso a tecnologías consideradas críticas para el liderazgo militar, industrial y científico.
China respondió acelerando su política de autosuficiencia tecnológica, incrementando inversiones en investigación, fortaleciendo empresas nacionales y utilizando controles de exportación —en particular sobre tierras raras y materiales críticos— como herramienta de presión estratégica.
La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping en Busan, en octubre de 2025, representó un punto de inflexión táctico. De este encuentro surgieron acuerdos puntuales en materia de aranceles, comercio agrícola, suspensión de tarifas portuarias y el caso TikTok.
Estos avances reflejan el estilo personalista de Trump, basado en negociaciones directas entre líderes y en la búsqueda de resultados rápidamente comunicables al público interno. No obstante, tales acuerdos no abordaron las tensiones estructurales de fondo. Ambas potencias evitaron una nueva escalada abrupta, pero mantuvieron intactos los instrumentos de presión económica, tecnológica y diplomática, listos para ser utilizados ante cualquier deterioro del diálogo.
La era Trump 2.0 es una nueva fase en la trayectoria de confrontación estratégica entre Estados Unidos y China, una de intensificación de sus rasgos más transaccionales e impredecibles. La relación bilateral se define por ciclos recurrentes de presión y negociación, desacoplamiento selectivo y cooperación limitada.
Para el sistema internacional, esta dinámica consolida un escenario de competencia estructural prolongada, con profundas implicancias para el comercio global, la gobernanza tecnológica y la estabilidad geopolítica. Para China, refuerza la urgencia de fortalecer su resiliencia económica y tecnológica; para Estados Unidos, plantea los límites y costos de una estrategia basada en la coerción económica como instrumento central de poder.
Una mirada más analítica
Con la primera presidencia de Trump EE.UU. dejó atrás la idea de convergencia política con China y adoptó una postura de confrontación, con disputas comerciales, competencia tecnológica y mayor enfoque en la seguridad económica.
Desde el final de la Guerra Fría, el vínculo bilateral entre Estados Unidos y China ha experimentado una transformación profunda desde una lógica de integración económica estratégica, destinada a facilitar la inserción china en el orden liberal internacional, hacia un patrón creciente de competencia estructural. Esta evolución se aceleró durante la primera presidencia de Trump cuando Washington abandonó explícitamente el supuesto de convergencia política y adoptó una postura de abierta confrontación, marcada por disputas comerciales, competencia tecnológica y un creciente énfasis en la seguridad económica.
El regreso de Donald Trump a la presidencia en 2025 inició una nueva etapa en las relaciones entre Estados Unidos y China, marcada por una combinación de escaladas arancelarias extremas y de corta duración, controles tecnológicos altamente selectivos y negociaciones transaccionales de corto plazo. A diferencia de su primer mandato, Trump optó por una estrategia híbrida de rivalidad gestionada, usando instrumentos económicos flexibles en lugar de buscar un desacoplamiento total.
La política norteamericana hacia China en 2025 y 2026 adopta entonces un modelo híbrido de rivalidad estratégica, usando la coerción económica como herramienta flexible, negociable y parcialmente reversible, más que como un paso hacia un desacoplamiento profundo. Este enfoque surge de la experiencia del mandato de Trump y de las limitaciones del poder económico de Estados Unidos ante una China más resiliente y menos dependiente de los mercados occidentales.
Trump negociando: competencia estratégica, conflicto y coerción económica.
El concepto de competencia estratégica ha adquirido relevancia en la literatura contemporánea de relaciones internacionales para describir interacciones prolongadas entre grandes potencias que combinan cooperación limitada, rivalidad económica y confrontación tecnológica, sin derivar necesariamente en conflicto armado. A diferencia de la competencia ideológica de la Guerra Fría, esta forma de rivalidad se desarrolla en un contexto de elevada interdependencia económica global. [2]
La competencia estratégica es estructural y de largo plazo, abarcando ámbitos económico, tecnológico, militar y político en una interdependencia competitiva dentro de la globalización. Su gestión del riesgo busca mejorar la posición relativa sin escalar conflictos a niveles inmanejables, ante una rivalidad prolongada y multidimensional, evitando el enfrentamiento abierto. Si bien esta visión refleja las preocupaciones sobre una gestión prudente de las rivalidades. (Rand Corporation, 2022; Kissinger, 2012 y 2016), en rigor Trump 2.0 ha ido más allá de ella, arriesgándose a derrotas tácticas importantes.
En efecto, en febrero 2026, la Corte Suprema rechazó la vigencia legal de “aranceles recíprocos”, exigiendo la devolución del pago de esos aranceles mal cobrados instaurados a partir del 2 de abril 2025, en lo que Trump denominó “el día de la liberación” (Rosales, 2026). Tras la sentencia de febrero, la administración Trump intentó reemplazar los aranceles anulados con un nuevo arancel global del 10%, esta vez usando la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974. Ese nuevo arancel también fue bloqueado posteriormente por el Tribunal de Comercio Internacional en mayo de 2026.
Los episodios de los “aranceles recíprocos” y sus vaivenes judiciales, sistemáticamente seguidos por nuevas maniobras de contraataque de Trump, están demostrando que la interdependencia deja de ser concebida como un factor estabilizador y pasa a ser entendida más bien como un espacio de vulnerabilidad estratégica. La posibilidad de interrumpir flujos comerciales, financieros o tecnológicos se transforma en una fuente de poder estructural.[3] Es en este punto donde cobra centralidad el concepto de coerción económica, la que puede definirse como el uso deliberado de instrumentos económicos -aranceles, sanciones, controles de exportación, restricciones financieras y regulatorias – con el objetivo de modificar el comportamiento del otro Estado.
A diferencia de las sanciones clásicas orientadas al castigo generalizado, la coerción selectiva busca maximizar efectos políticos específicos, minimizando los costos sistémicos para quien la aplica. La estrategia adoptada por la administración Trump durante su segundo mandato se inscribe claramente en esta lógica. En lugar de promover un desacoplamiento amplio entre ambas economías, Washington priorizó la identificación de cuellos de botella estratégicos, sectores, tecnologías y nodos de la cadena de valor donde la presión estadounidense pudiese generar efectos asimétricos.
Junto al concepto de “competencia estratégica”, el accionar de Trump y sus asesores puede reconocerse también en la lógica de “la estrategia del conflicto” (Shelling, 1990). Shelling, aplicando teoría de juegos, describe al negociador conflictivo como impredecible, con una ambigüedad estratégica deliberada, con peticiones exageradas, buscando siempre generar confusión en el adversario, tratando de convencerlo de que se está dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguir las concesiones buscadas. Se trataría de intimidar al adversario, ejerciendo una diplomacia coercitiva para obtener de la contraparte más de lo que estaba dispuesto a ceder inicialmente. Es lo que algunos autores han denominado “la teoría del loco” (BBC, 2025).
El “loco” de la historia actúa de modo impredecible, inconsistente y contradictorio. Por cierto, Trump responde bien a este molde, utilizando esos rasgos como un activo de su política exterior y de seguridad. Mezcla ataques, insultos con elogios, todos desmedidos; utiliza permanentemente la extorsión y no tiene ningún problema en desdecirse o en presentar fracasos de su política como “logros nunca vistos en la historia”. En cualquier caso, a estas alturas convendría ir más allá de catalogarlo como un personaje grotesco y empezar a percibir que, con ese desempeño, está consiguiendo cambiar el mundo, tal y como lo había sugerido y en menos de dos años. En efecto, el multilateralismo se encuentra estructuralmente debilitado, EE.UU. ha conseguido imponer aranceles al mundo 6 a 7 veces superiores a los existentes en 2024; la OMC renguea considerablemente (Rosales, 2025a); la UE aún no consigue una postura común que le permita adecuarse al fin de la alianza transatlántica y mientras tanto Trump persiste en sus ambiciones imperiales con Canadá, Groenlandia, el Golfo de México, el Canal de Panamá y Cuba y además acompaña a Israel en sus campañas de bombardeo a Irán y Líbano, amén de avalar el virtual genocidio que Israel efectúa en Gaza.
Por cierto, la “teoría del loco” enfrenta límites. Su uso persistente resta credibilidad al protagonista y además se corre el riesgo de que el conflicto se escape de las manos y se genere una crisis auténtica y de envergadura. Parece además ser más útil obteniendo concesiones de los aliados (que la UE eleve su gasto en defensa y acepte un acuerdo comercial desequilibrado) y bastante menos de adversarios poderosos, con cierta igualdad de fuerzas (China, en este caso).
En efecto, a la andanada arancelaria de Trump, China respondió de modo inmediato y proporcional hasta el momento en que los aranceles hacían inviable el comercio; ante las restricciones al comercio de alta tecnología y a las inversiones chinas en esos rubros en USA, China respondió con sanciones parecidas. Con todo, lo más relevante fue presionar a EE.UU. con limitarle el acceso a las tierras raras, rubro clave en las nuevas tecnologías y donde China tiene un claro predominio global, tanto en producción como en reservas y refinación.
Considerando el dictamen de la Corte Suprema que invalidó el uso de los “aranceles recíprocos”, a estas alturas es claro que China aparece como una de las economías menos afectadas por el castigo arancelario de Trump.
a.- Cronología de la relación bilateral, 2025-2026.
En el primer semestre de 2025, la administración Trump aumentó aranceles a sectores clave como semiconductores, vehículos eléctricos, baterías avanzadas y tecnologías asociadas a la transición energética. Además, reforzó controles de exportación en tecnologías avanzadas en IA y computación de alto rendimiento. A diferencia del mandato anterior, estas medidas se acompañaron de negociaciones bilaterales, donde la amenaza de escalada permitió obtener concesiones limitadas, como compromisos de compra, acceso regulado a mercados financieros o ajustes normativos específicos.
El patrón dominante fue el de escaladas limitadas y desescaladas tácticas, con suspensiones temporales o ajustes parciales, a cambio de compromisos específicos por parte de China. Durante 2026 este patrón se consolidó. La relación bilateral se está caracterizando por una renegociación constante en la cual la coerción económica opera como mecanismo de presión reversible. Este enfoque refleja una lógica transaccional que privilegia resultados de corto plazo antes que la transformación estructural de la relación.
La estrategia estadounidense respecto de China durante 2025 e inicios de 2026 se ha apoyado en cuatro instrumentos principales: i) aranceles selectivos, diseñados para afectar sectores críticos en China, sin desestabilizar cadenas globales enteras; ii) controles tecnológicos, orientados a limitar el acceso chino a tecnologías críticas con aplicaciones duales; iii) restricciones financieras, incluyendo mayor escrutinio sobre inversiones chinas en sectores estratégicos y iv) presión regulatoria indirecta, incentivando a aliados a adoptar estándares compatibles con la política estadounidense.
La novedad del segundo mandato radica entonces en la combinación flexible de estos instrumentos y en su uso explícitamente negociador. La coerción no aparece como castigo permanente, sino como amenaza creíble y sujeta a revisión, en función de concesiones específicas.
China ha respondido mediante una estrategia de contención pragmática. Evita represalias simétricas de gran escala y prioriza su estabilización macroeconómica, la diversificación comercial y la autosuficiencia tecnológica. Junto con ello, utiliza su gran peso mundial en la producción, refinación y reservas de tierras raras y minerales críticos en la disputa bilateral, con lo cual ha forzado a EE.UU. a sentarse en la mesa de negociaciones, impulsado en parte importante por la presión que las propias empresas norteamericanas en rubros automotriz y tecnológicas ejercieron ante su gobierno ante la eventual escasez de esos insumos críticos. Esta respuesta terminó revelando los límites estructurales de la coerción económica estadounidense. Si bien puede generar costos específicos, difícilmente logra alterar trayectorias estratégicas de largo plazo en una potencia de dimensiones continentales.
El patrón observado durante 2025-2026 sugiere una transformación del orden económico internacional hacia un modelo más politizado y menos predecible. La interdependencia ya no es concebida como factor estabilizador, sino como espacio de vulnerabilidad estratégica. La interdependencia persiste, pero se encuentra crecientemente condicionada por cálculos de poder y seguridad nacional.
La estrategia de Trump. 2.0 refuerza una tendencia global hacia la fragmentación selectiva, donde el comercio permanece abierto pero condicionado por cálculos de poder y seguridad nacional. Se inaugura un modelo híbrido de rivalidad estratégica caracterizado por coerción económica selectiva, negociación constante y gestión táctica de la interdependencia. Este enfoque refleja tanto las limitaciones del poder económico estadounidense como la adaptación estratégica frente al ascenso sostenido de China.
Anexo: Cronología de las tensiones comerciales USA-China 2025
- 2 de abril. Trump impone 34% de aranceles a China. Ese 34% se sumaba a un 20% (por esfuerzos insuficientes para combatir ingreso de fentanilo a USA), con lo que el arancel para productos chinos quedaba en 54%.
- El arancel para acero y aluminio chinos ya estaba en 45%, desde el 12 de marzo
- 4 de abril. China eleva los aranceles a bienes USA al 34%
- 9 de abril. USA se los eleva al 145%
- 11 de abril. China los lleva al 125%
- 17 abril. USA impone tarifa portuaria de US$ 50 por tonelada a barcos chinos
- 10 mayo: 1ª reunión en Ginebra. Viene tregua arancelaria, 30% para productos chinos y 10% para los norteamericanos.
- 9-10 junio: Reunión en Londres. Un marco de entendimiento para aplicar los acuerdos de Ginebra. Se tratan tierras raras y semiconductores.
- Julio: Reunión en Estocolmo. Propiedad de Tik Tok, controles regulatorios
- Septiembre 14-17: Reunión en Madrid. Aranceles y Tik Tok. Se prolonga tregua arancelaria hasta el 10 de noviembre.
- 10 octubre: Trump alega contra restricciones chinas a la exportación de tierras raras y amenaza con imponer a productos chinos un arancel adicional de 100%. a partir del 1 de noviembre. Indica que ya no se vería con Xi a fines de octubre, en reunión APEC, en Corea del Sur.
- 10 octubre: China impone tarifa portuaria de US$ 56 por tonelada a barcos norteamericanos. Inicia investigación antimonopolio contra Qualcomm. Impone licencias de exportación a empresas extranjeras de artículos que contengan trazas de tierras raras, por razones de “seguridad nacional”.
- 10-12 octubre: caída en bolsas y shock en mercados de granos (soja, maíz y trigo) ante eventual renuencia china a comprarle estos productos a USA
- 13 octubre. Trump dice que “todo está bien con China; que él quiere ayudar a China y que China sólo tuvo un mal momento”.
- 14 octubre: Trump amenaza con frenar compra de aceite comestible a China en represalia por boicot a la soja norteamericana. Fuerte impacto en mercados de granos.
- 15 octubre: China sanciona a 5 filiales USA del gigante naval surcoreano Hanwha Ocean por haber participado en investigaciones sobre tarifas portuarias contra barcos chinos.
- A fines de octubre, se reúnen Trump y XI en Busan, en el marco de la reunión APEC y acuerdan reducir aranceles, suspender las tarifas portuarias.
- 4 fortalezas chinas en la disputa: tierras raras (70% producción y 90% en procesamiento); más empresas E.UU. en China que a la inversa (Apple, Tesla incluidas); caen sus exportaciones a EE.UU. pero crecen al Asia; más stress financiero y bursátil en EE.UU.
Bibliografía
BBC (2025). “Qué es la “teoría del loco” que Trump está utilizando para cambiar el mundo (y porqué le está funcionando)”, 7 de julio www.bbc.com/mundo/articles/cy8kv2kjpz2o
Kissinger, H. (2012), China, Barcelona, Debate-Random House Mondadori.
— (2016), Orden mundial. Reflexiones sobre el carácter de los países y el curso de la historia, Barcelona, Debate-Penguin Random House.
RAND Corporation (2022) Understanding a New Era of Strategic Competition. https://www.rand.org/content/dam/rand/pubs/research_reports/RRA200/RRA290-4/RAND_RRA290-4.pdf
Rosales, O. (2025). Trump, aranceles y el reordenamiento económico mundial, Análisis, Friedrich Ebert Stiftung, FES Oficina en Chile, Santiago.
Rosales, O. (2025a). Doha ha muerto y surge la ronda Trump, Noticias Universidad de chile, 27 de mayo. https://www.uchile.cl/noticias/228492/ doha-ha-muerto-y-surge-la-ronda-trump
Rosales, O. (2026). Trump sufre una derrota en sus “aranceles recíprocos”, Trade News, Buenos Aires, 27 de febrero. https://share.google/JZ3kkrFk8QW2N8woZ
Shelling, T. (1990). The Strategy of Conflict, Harvard University Press (versión en español en FCE, 1990)
Notas
[1] En 2001, China ingresa a la OMC, siendo un actor marginal en el comercio mundial. A partir de allí, enfrenta una evolución dramática hasta constituirse en menos de 10 años en el primer exportador mundial de bienes y en el primer socio comercial de EE.UU.
[2] En efecto, si la interdependencia económica entre Estados Unidos y la URSS era virtualmente inexistente, la que mantienen Estados Unidos y China es muy elevada, al punto que hasta hace pocos años China era el principal socio comercial de Estados Unidos y un relevante inversionista en Wall Street.
[3] En rigor, esta política de Trump no afecta sólo a China sino también a aliados históricos de EE.UU. (Reino Unido, Japón, La UE, Corea del Sur, etc.) Sin embargo, en esta nota nos concentramos en la disputa con China. Para un análisis más global que incluya el nuevo papel que EE.UU. se autoasigna en el reordenamiento económico global, consultar Rosales (2025)
Fuente:
https://uchile.cl/noticias/240400/la-evolucion-de-las-relaciones-estados-unidoschina


