Por : Gilberto Aranda B.

Esta alteración del cuadro político regional en un par de años, aunque para algunos se asemeja a un tsunami originado en aguas profundas, se parece más a la ola piramidal Kanagawa, generada por la superposición o una suma de crestas sobre crestas.
Hace unos 21 años en política nos hicimos aficionados a las olas cuando el corresponsal del New York Times en Montevideo, Larry Rother, bautizó el triunfo electoral del frenteamplista Tabaré Vázquez en Uruguay como una “marea rosa” que formaba parte de un movimiento inaugurado por la llegada de Chávez al poder en 1998. Desde entonces se han intercalado otras tendencias: más conservadoras en 2015 y progresistas después de la pandemia.
En general hubo mosaicos con diversidad, aunque esta semana interelecciones podría estar marcando otro hito, con el resultado de la primera vuelta de las elecciones colombianas y la antesala del balotaje peruano.
A ratos parece una Gran ola de Kanagawa, aquella estampada en 1830 por el artista nipón Katsushika Hokusai, quien pintó una cresta marina descomunal amenazando arrasar la mayor altura japonesa, el monte Fuji. ¿Acaso lo mismo podría pasar con una nueva derecha –ya sea radical, hiperconservadora o populista– respecto al progresismo y las izquierdas sudamericanas?
Justo cuando la tendencia empieza a declinar en el pericentro septentrional, como el Canadá de Mark Carney imponiéndose sobre el conservadurismo filotrumpista de su país o Hungría con Péter Magyar derrotando inapelablemente al Gobierno de 12 años del iliberal Viktor Orbán, en la periferia sudamericana la ola de las nuevas derechas sigue confirmándose.
Cerca de ocho años después que Bolsonaro alcanzara el poder –y casi a cuatro de ser derrotado por Lula– y tres desde que asumiera Milei, se han sumado Peña, Noboa, Kast y Rodrigo Paz (por el partido democristiano centroderechista boliviano). La primera vuelta colombiana dejó al radical De la Espriella liderando con casi 43,7% de los votos, mientras Keiko Fujimori y su derecha popular –o populista– encabeza las preferencias del balotaje peruano en varias encuestas.
En el caso colombiano parece claro que la candidata del uribista centro democrático, Paloma Valencia, fue abandonada por parte del electorado conservador que abrazó al candidato instalado más a la derecha, en el nicho disponible de la franja de descontento apuntando a la cuestión de la seguridad, proponiendo una paz sujeta a múltiples condiciones que descarrilarían el actual proceso.
En Colombia hay quienes se afirman en la elección de 2022, en la que ganó la izquierda con un Gustavo Petro arribando al balotaje con 12 puntos de diferencia respecto de su rival. Hoy, en cambio, podría estar configurándose un cuadro más similar a la elección de 2002, cuando el outsider Álvaro Uribe derrotó al liberal progresista Horacio Serpa y, de paso, terminó la alternancia entre conservadores y liberales. Hoy, De la Espriella intenta capitalizar al hastío contra los partidos establecidos actuales, incluyendo al uribismo y al Pacto Histórico de Petro y el candidato Cepeda.
En tiempos de la campaña de Uribe su credo fue la seguridad, la lucha contra la guerrilla y el máximo aperturismo comercial y privatizaciones conforme al consenso de Washington, formula que en Perú aplicara Fujimori en 1992, mediante un autogolpe que cerró el Congreso, para aplicar una política de “Fujishock económico sin interferencias políticas”.
Las diferencias estuvieron en que, mientras el peruano devino en un autoritarismo competitivo que mantuvo la hojarasca de elecciones para perpetuarse, Uribe, una década después, ejerció su liderazgo desde una democracia delegativa, vertical y directa, sin interrumpir las instituciones (aunque también con escándalos manifiestos, como los “falsos positivos”, cuando las Fuerzas Armadas hicieron pasar a civiles ejecutados como muertos en combate).
Ambos fueron las puntas del fenómeno motejado en la época como “neopopulismo”, en el inicio con Fujimori (y Menem) y Uribe como último estertor de dicha tendencia. Al decir del historiador catalán Xavier Casals, “al eclipsarse la Guerra Fría, la violencia política alumbró fenómenos políticos novedosos”, distintos a las dictaduras de la seguridad nacional precedentes.
Hoy en Perú el psicólogo Roberto Sánchez se atavía con el sombrero típico cajamarquino de Pedro Castillo para representar la identidad y la exclusión de la sierra y el mundo andino, simbolizando la ruptura con la elite. En tanto, Keiko Fujimori, aunque en las tres incursiones presidenciales anteriores matizó el parecido con el camino de su padre, hoy lo reivindica claramente.
Ella estuvo al frente del tratamiento “bajas calorías” de la fujimorista formación Fuerza Popular, transformándolo simultáneamente en el gran articulador (desde el Congreso) de las frecuentes vacancias presidenciales, con el argumento de la “incapacidad moral”, práctica que llevó a Perú a tener ocho presidentes en el último decenio.
La pregunta actual es si después de haber participado en la inestabilidad política peruana podrá completar un eventual mandato. Por el momento, ya hubo una reforma al unicameral instalado en 1993 por la Constitución del Gobierno de Alberto Fujimori, agregándosele desde el próximo julio un Senado que actuará como cámara revisora final de toda vacancia determinada por los diputados.
Esta alteración del cuadro político regional en un par de años, aunque para algunos se asemeja a un tsunami originado en aguas profundas, se parece más –como ya decíamos– a la ola piramidal Kanagawa, generada por la superposición o una suma de crestas sobre crestas. Hay que buscar la razón en la sumatoria de malestares: a la frecuente disconformidad económica hay que adicionar la sensación social de deterioro de la seguridad ciudadana.
De la Espriella y Fujimori lo saben y mientras el primero plantea como antídoto desbaratar los acuerdos de paz de una década, la segunda asegura ser la opción del “orden frente al casos”. Además, sus posiciones conjugan la polaridad y fragmentación política para aprovechar un cóctel político en que pueden llegar a ganar.
En cualquier caso, este conjunto de cambios no se completará sin la “joya de la corona”, un Brasil que representa cerca del 48% de la extensión territorial sudamericana y casi el 50% de la población de América del Sur. Y hoy en dicho país parece probable la reelección del presidente Lula. Mientras dicho país siga con el rumbo inmediato, seguirá tratándose de una tendencia sobre todo en la vertiente andina y pacífica de la región. Sin embargo, ¿qué pasará cuando falte o no pueda continuar eligiéndose al actual mandatario brasileño?
El Partido de los Trabajadores no es la fuerza arrolladora de antaño y parece no entender la relevancia de preparar la sucesión. Adicionalmente, en la región el “talón de Aquiles” de las izquierdas sigue siendo la cuestión de la seguridad, ante electorados ávidos de certezas en un mundo incierto.
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