Por José Miguel Insulza
No fue una conversación como las que ha tenido Trump con el Presidente de Ucrania o con otros líderes europeos; este era un Donald Trump que venía a buscar una reapertura comercial y traía lo mejor de su equipo para reflejar esa voluntad.
Después de un año y medio marcado por las tensiones, las guerras regionales, la incertidumbre económica, las amenazas y desafíos, el encuentro de Beijing, entre los líderes de las dos mayores superpotencias del mundo, parece generar un espacio en el cual es posible encontrar un camino positivo de entendimiento global. Por cierto, un encuentro de 36 horas no es suficiente para cubrir todos los asuntos pendientes entre ambos países; pero esa duración, mayor que otros diálogos de este género indica, al menos, voluntad de entendimiento. El punto de partida de la relación parece haber cambiado a partir de este encuentro, aun cuando subsisten importantes desacuerdos no resueltos.
China fue un tema central de la campaña de Donald Trump para ganar la Presidencia por segunda vez. Su mensaje era negativo, principalmente centrado en el déficit comercial de su país con China, que atribuía a una competencia desleal, permitida por el trato diferencial que se habría generado en el marco de las condiciones concedidas para incorporar a la potencia asiática a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Esta crítica ya provenía del primer gobierno de Trump, en el cual se habían adoptado algunas medidas de protección, que ahora se quería profundizar.
Lo anterior se unía a una competencia más general con China, vista como la nueva superpotencia rival, no sólo en el plano económico, sino también geopolítico. Trump ya hablaba en su campaña de despojar a China de sus prerrogativas en la OMC, de aplicarle tarifas más altas que las que pretendía para otros países, mencionando incluso una tarifa general de 60% a los productos chinos. En el mismo tono agresivo, renovaba con fuerza su compromiso con la independencia de Taiwán, junto con la defensa de sus intereses en el mundo, amenazados por la expansión de la influencia China. Por ello, nadie se sorprendió cuando en sus primeros anuncios de tarifas para Canadá y México, se incluyó también a China.
Pero el resultado no fue el esperado. China respondió a las tarifas suspendiendo las exportaciones de productos que eran necesarios para Estados Unidos, agregó al conflicto sus propias tarifas e impulsó al máximo su industria para alcanzar la sustitución interna de muchas importaciones. El resultado no fue parejo, pero en algunas áreas, como la industria automotriz o la robótica tuvo alta visibilidad; y, por otro lado, la privación de algunos insumos esenciales importados de China perjudicó a sectores estratégicos de la industria norteamericana. El efecto ha sido traer a Estados Unidos a la mesa de negociaciones en un tono distinto; Trump no lleva todos sus ejecutivos a China para anunciar tarifas, sino para negociar aperturas de beneficio mutuo; y Xi lo recibe con todos los honores, porque sabe que, en otras áreas, la economía más rica y avanzada del mundo tiene mucho que ofrecer.
Seguramente en la agenda de las conversaciones de Xi Jinping y Trump, todos los temas económicos y geopolíticos, desde el comercio bilateral a la situación global estuvieron incluidos; tierras raras, inteligencia artificial, guerras en Ucrania, el Medio Oriente e Irán, crisis de abastecimiento del petróleo y hasta de drogas. No sabemos aún si se habló de todos ellos. Pero el tono de esas conversaciones parece haber sido muy distinto del empleado hasta ahora en la discusión pública. Porque esta vez Donald Trump no buscaba enfrentarse con el Presidente de China, sino a buscar acuerdos en materia económica y política que le permitan fortalecer su gestión, aunque esos acuerdos estén lejos de sus pretensiones de un año y medio atrás. Y aunque el encuentro sólo se presenció desde lejos, el lenguaje corporal parecía mostrar amabilidad y no confrontación.
No fue una conversación como las que ha tenido Trump con el Presidente de Ucrania o con otros líderes europeos; este era un Donald Trump que venía a buscar una reapertura comercial y traía lo mejor de su equipo para reflejar esa voluntad. La relevancia de los jefes empresariales que lo acompañaban tiene el peso suficiente para asegurar diálogos serios. Entre los diecisiete principales ejecutivos, los cuatro más destacados incluían el presidente y director ejecutivo de Nvidia, Jensen Huang (el avión presidencial lo recogió en Alaska); el director ejecutivo de Tesla y SpaceX, Elon Musk; el CEO de Apple, Tim Cook; y el presidente de Black Rock, Laurence Fink. Ante todos ellos y todos los chinos, Trump proclamó a Xi como “un gran líder”. “Lo digo a todo el mundo” agregó.
Xi Jinping también ha mostrado que quiere una reunión constructiva, presentando a su país como el segundo mercado del mundo, abriendo negocios en todas partes y, especialmente, no entrando a la batalla retórica, sino manteniendo disposición al diálogo. China sabe que se ha beneficiado con la globalización y no quiere vivir sus limitaciones. Su discurso recordó otros dichos antes, en que a la oferta de un mayor apertura comercial e industrial fue reiterada. Xi dijo que estaba de acuerdo con Trump en “una nueva visión de la construcción de una relación constructiva de estabilidad estratégica entre China y Estados Unidos, agregando luego que “la estabilidad en las relaciones entre China y Estados Unidos es una bendición para el mundo”
Los discursos fueron afables y conciliadores, salvo cuando Xi excluyó de manera tajante cualquier posibilidad de cambio de su política sobre Taiwán, que sería, según dijo, el único motivo de un posible conflicto con Estados Unidos. Pero Trump no venía a eso y no existe aún réplica sobre la amenaza del Presidente chino. Pero el hecho de que esta advertencia de Xi haya sido transmitida por la prensa oficial, muestra claramente que hay una “alerta roja” sobre la materia.
La última comparecencia conjunta de los dos mandatarios tuvo lugar en la sede del Partido Comunista Chino y sus declaraciones no revelaron ningún resultado claro sobre los temas de la agenda. Xi Jinping se limitó a reiterar la necesidad de alcanzar una relación estable, mientras Trump dijo que ambos ahora son “de verdad, amigos” y que coincidieron en la necesidad de terminar las guerras, aunque agregó luego, antes de partir, que no había adoptado ninguna nueva decisión sobre Taiwán y que la apertura de Ormuz era más importante para China que para Estados Unidos. Y ya en el avión de retorno anunció la venta de 200 aviones Boeing a China.
Un buen resultado de estos encuentros y el mejor entendimiento entre las dos superpotencias es algo que interesa al mundo entero. Cuando se habla ligeramente de una “nueva guerra fría”, se pierde de vista que estas dos naciones reúnen más de un tercio del PGB del mundo, tienen un comercio en torno a los 500 mil millones de dólares y poseen, además, una capacidad nuclear que hace imposible pensar en un después si hubiera una guerra que involucre a ambos. La paz mundial, la existencia y seguridad de este planeta dependen de entendimientos entre las mayores superpotencias y las dos primeras son los Estados Unidos y la República Popular China.
Sin embargo, más allá de las noticias oficiales, los acuerdos que se alcanzaron sólo podían tener un carácter general. El retardo en el diálogo ha tenido sus efectos y seguramente no hay aún disposición a suscribir compromisos, aunque si declaraciones conjuntas. Más allá del tono afectuoso y las promesas de que ahora si habrá entendimiento y cooperación, todavía habría más sospechas de manejos equivocados e instituciones del gobierno de Estados Unidos que esperan para adoptar nuevas sanciones. Se dice que, antes de su viaje, Trump ordenó suspender cualquier iniciativa de investigaciones o sanciones contra China; pero no se sabe si la orden tendrá carácter definitivo. La inteligencia económica y comercial siguen activas antes y después del encuentro.
Sobre los temas enunciados hay pocas noticias. El primer tema indispensable era, sin duda, la guerra en Irán y, muy especialmente los problemas suscitados para China por el bloqueo del Estrecho de Ormuz. China es el principal importador de petróleo del mundo y cerca del 45% de sus compras de crudo pasa por esa zona, provenientes principalmente de Irán (11%) y Arabia Saudita (14%). La política China de mantener muy grandes reservas estratégicas y la presión sobre sus refinerías le han permitido mitigar hasta ahora el efecto de los altos precios. Pero el bloqueo completo, especialmente del petróleo iraní aumentaría sus dificultades y la obligaría aumentar su transición energética y sus fuentes de abastecimiento. Xi ha evitado hasta ahora cualquier declaración excesivamente dura, pero ciertamente insistió ante Trump sobre la necesidad de poner fin a la guerra y alzar pronto los embargos. Ha trascendido que Trump pidió a Xi que influya para lograr más flexibilidad en Irán y Xi ofreció apoyar “cuanto pueda” el fin de la guerra contra Irán y el restablecimiento de la normalidad en el Estrecho, reconociendo (según fuentes de la delegación de Estados Unidos) que Irán no necesita tener armas nucleares.
Las otras guerras, en el Medio Oriente y Ucrania, plantean a ambas partes un obstáculo, creado por alianzas incómodas. China es aliada de Rusia (que también le proporciona petróleo y gas), pero al mismo tiempo quiere fortalecer sus relaciones con la Unión Europea, para cuya seguridad Ucrania es pieza fundamental. Estados Unidos es aliado de Israel, que lo ha llevado a una crisis en el Medio Oriente, en que los países árabes son los que han pagado los más altos costos. La solución de ambas guerras es imperiosa, especialmente importante para Trump, quien anunciaba en su campaña que podía terminar de la guerra en Ucrania en una semana; y tiene ya más de dos meses envuelto en Irán, en una guerra de elección con bajo apoyo en su país. Pero Rusia, aliada de China, no quiere aceptar un cese al fuego y un acuerdo de mantenerse en las posiciones actuales; e Israel, aliado de Estados Unidos ha mantenido su ofensiva en El Líbano, su bloqueo en Gaza y aboga por una política más dura en Irán. Si Trump y Xi verdaderamente quieren terminar los conflictos, sus socios deberían mostrar más flexibilidad y probablemente así lo conversaron durante su encuentro, sin que se hable de compromisos al respecto.
Los temas comerciales fueron los principales de esta Cumbre y el sentido de esta visita acompañada por tantos líderes de negocios. Después de un año y medio de gobierno, Donald Trump parece haberse resignado a no obtener de China una rendición en materias comerciales, sino más bien, con un criterio más realista, un acuerdo razonable. Y Xi Jinping habría asumido, dice el New York Times, que es el momento de asumir sus obligaciones como superpotencia, adoptando un rol más pragmático, para despejar la agenda (salvo, hay que repetirlo, en lo que concierne a Taiwán).
Todo eso es posible, ante los resultados negativos que tuvo la primera ofensiva tarifaria del Presidente norteamericano. La respuesta de China no sólo fue severa, como se esperaba, sino que puso en evidencia que más que una guerra de tarifas, esta confrontación podía afectar intercambios vitales que para Estados Unidos tenían especial interés. Ahora la oferta de Trump, que necesita resultados que mostrar en año electoral, fue acudir a su mayor adversario para forjar acuerdos entre ambos países y sus peticiones fueron la libertad de mercado para los productos de Estados Unidos en China, especialmente para exportar productos competitivos de la economía norteamericana; y el acceso a las “tierras raras” que Estados Unidos requiere para sus industrias de alta tecnología, esenciales en televisores de pantalla plana, baterías inteligentes, lámparas fluorescentes compactas, teléfonos móviles, unidades de disco, vehículos eléctricos, turbinas eólicas y sistemas de defensa avanzada. El 70% de esas tierras están en China o han sido importadas por China, son el objetivo principal de la apertura que Trump busca y lo que interesa al grupo de grandes empresarios que lo acompaña.
Pero las negociaciones recién comienzan, después de muchos meses de malos momentos. Es muy posible que no haya aún resultados; pero al menos se podría esperar buena voluntad y avances razonables. En ese marco, queda pendiente asegurar que los demás países, especialmente los nuestros, no sean escenarios de contiendas que intenten excluir nuestros mercados de los beneficios del libre comercio y la inversión, mientras las superpotencias los reponen libremente entre sí.
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