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América latina: por un cambio de calidad en el diálogo hemisférico

Por Gustavo Fernández Saavedra y Fernando Reyes Matta

Publicado en clarín.com

Se necesita un plan de acción de fuerte compromiso en el desarrollo social y el cambio climático, junto a la protección de la biodiversidad.

En julio de 2020, la Mesa de Reflexión Latinoamericana, patrocinó una Declaración en la que denunciaba no tanto el agravio como la torpeza de la administración Trump (con el apoyo o la indiferencia de varios gobiernos latinoamericanos) al imponer la elección de un candidato estadounidense a la presidencia del BID.

El tiempo demostró que teníamos razón. El incidente se superó, pero las cosas no cambiaron. Ese Banco continuó ya no a la deriva, sino atado de manos, ya que su inaplazable recapitalización no se pudo concretar porque, entre muchas otras razones, Estados Unidos, su principal accionista miró hacia otro lado.

Hace unas semanas, altos funcionarios del gobierno Biden -la Secretaria del Tesoro y el Consejero Nacional de Seguridad-desplegaron la visión de una nueva estrategia: “Un nuevo Consenso, para construir un orden económico mundial más justo y sostenible, en nuestro interés y en el de todos”.

Hay varias cosas importantes en esas presentaciones, especialmente en la de Sullivan. Desde luego, son una crítica profunda a la política económica y externa de Estados Unidos y apuntan al corazón de la globalización dura.

Rescata principios de la sociedad del bienestar, desacreditados sistemáticamente por ideólogos y políticos neoliberales, como el papel del Estado, la política industrial, la protección selectiva del mercado interno (un patio pequeño con vallas altas, como la describe Sulllivan al referirse a la política de cuidado de los sectores de alta tecnología, ligados a la defensa). Es, ante todo, una propuesta de cambiode la política económica e internacional de Estados Unidos.

Lo que interesa rescatar del planteamiento de Sullivan, desde la perspectiva latinoamericana, es el reconocimiento de la importancia estratégica de los países de la región: “Queremos que se unan a nosotros. De hecho, necesitamos que se unan a nosotros”, es lo que dice, en una frase que desde luego no se dirige exclusivamente a la América Latina, pero que, sin duda, la incluye.

Al final, como se desprende de esta declaración, lo que interesa a Estados Unidos de América Latina, en el siglo XXI, son los minerales esenciales, columna vertebral del futuro energético, es decir litio, cobalto, cobre, niquel, grafito.

Para asegurar esas cadenas de suministro, Estados Unidos pone en la mesa la oferta de financiamiento, inversiones y tecnología. Afirma que colocará fondos para este propósito en el Banco Mundial y en los Bancos regionales de desarrollo. Debe asumirse, aunque no lo menciona explícitamente, que las corporaciones estadounidenses jugarán un rol importante en el desarrollo de estos proyectos.

Para redondear la idea, sugiere replicar la Iniciativa de la Ruta y la Franja de Beijing, para cerrar la brecha de infraestructura. En ese recuento, falta un componente más, implícito, pero esencial. América Latina se incorporaría en el espacio económico, en la cadena de valor de la “fábrica de América”, cuya casa matriz está en Washington. Esa es su propuesta o su desafío. Corresponde, como es obvio, a sus intereses. El lenguaje del planteamiento de las autoridades de EE.UU. es respetuoso y directo y ese es un buen comienzo. No se insinúan referencias ni se usan expresiones que, cuando se invocan, despiertan sospechas o traen malos recuerdos.

Nuestra agenda coincide con la suya, desde otra perspectiva. Allí están, transición a energías limpias, conectividad digital, recursos hídricos, protección a la biodiversidad, formación de recursos humanos, a los que se deben sumar droga, crimen organizado, migración, respeto de la soberanía nacional, temas en los que tenemos mucho que decir, aportar y defender.

Naturalmente, nuestros objetivos y expectativas son distintos, porque nuestros problemas o nuestros puntos de partida en el debate son muy diferentes.

Tenemos mucho que hablar de democracia, claro que si, compartir experiencias, aprender de nuestros aciertos y errores (incluyendo desde luego los de Estados Unidos); reafirmar nuestro compromiso irrevocable con el respeto de los derechos humanos y de la voluntad popular libremente expresada en las urnas, que recoge de forma inequívoca la Carta Democrática Interamericana que firmamos en Lima en septiembre de 2001. Tratemos de encontrar juntos la explicación de la crisis del sistema de representación y el distanciamiento creciente de la sociedad de los partidos y el Estado, pero la última palabra la tendrán siempre nuestros ciudadanos.

Dicho eso, mirando hacia dentro, es claro que tenemos que bregar mucho para aproximar nuestras posiciones en torno a esa agenda y conciliar las diferencias que vienen de la diversidad de vocaciones económicas, sociales y geopoliticas de un continente gigantesco, de raíces antiguas, de todos los climas, de todas las sangres.

Ese es el sentido de esta nueva Declaración de la Mesa de Reflexión Latinoamericana -Desarrollo social y financiamiento hemisférico: la urgencia de un nuevo tiempo- para “avanzar con urgencia hacia un diálogo político serio entre Estados Unidos y América Latina, teniendo como columna vertebral un plan de acción de fuerte compromiso en el desarrollo social y el cambio climático, junto a la protección de la biodiversidad”. Y en esa dirección, resulta esencial la recapitalización del Banco Interamericano de Desarrollo.

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