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Cuál es el Plan Biden en la pelea de Estados Unidos contra China

En la disputa geopolítica, la estrategia es desafiar postulados neoliberales reordenar el caos democrático interno y cobrar impuestos a ricos.

No es China en sí la que produce el retroceso global de Estados Unidos, sino su propia opción por el neoliberalismo. Por eso el presidente Joe Biden pretende ordenar el frente interno porque existen alertas acerca de que la democracia en la potencia está en peligro. Piensa que cuando Estados Unidos abandona valores democráticos pierda legitimidad como potencia en el mundo. Aunque no lo diga de este modo, el mayor desafío para Biden será superar el neoliberalismo en su propio país.

Biden va por China. Su estrategia geopolítica tiene mucho de la de Trump: aislar y cercar a China con vecinos regionales también temerosos del crecimiento exponencial del «Imperio central». Pero a diferencia de Trump no quiere postular «América primero», sino retornar al tradicional «América líder del mundo libre». Por eso llama de vuelta a los europeos para recrear una «Alianza democracia» con Australia, India y Japón. 

La respuesta a la confrontación con China y a su costado doméstico es lo que está detrás de las últimas decisiones económicas. Por eso Biden no perdió tiempo en buscar recomponer el tejido social y ya firmó 37 órdenes ejecutivas en áreas sensibles (medio ambiente, políticas de género, migración, asistencia social).

Destinó 1,9 billones de dólares para mitigar los efectos sociales, económicos y sanitarios de la pandemia. Giró 1400 dólares a cada ciudadano en ayuda para alquileres y otros gastos domésticos y expandió la cobertura de salud. Con el Plan de empleo estadounidense aprobó inversiones públicas en infraestructura física y social por 2,3 billones de dólares, buscando aumentar en 1 por ciento el PIB por año durante ocho años. Además, prepara otro paquete social.

Biden pretende financiar parte importante de estos planes aumentando impuestos a las corporaciones y a los altos ingresos. Un estudio de 2019 del Institute on Taxation and Economic Policy señala que 60 de las empresas más grandes de Estados Unidos no pagaron nada en impuestos federales sobre la renta en 2018. Inclusive algunas hasta tuvieron derecho a reembolsos tributarios por parte del Estado. Esto, más que China, es el gran escollo para Biden: la plutocracia de los ultrarricos gestados bajo el neoliberalismo que dominan la visión de mundo con campañas de odio, racismo, liberación de armas y ataques al poder opresor del Estado.

Valores y creencias

El profesor de la Universidad de Chicago Robert Pape en The New York Times, analizando quienes invadieron el Capitolio, concluye que son blancos no-hispanos que han visto su nivel de vida declinar y en sus barrios un rápido crecimiento de vecinos no-blancos. Pape afirma que «siempre ha habido una serie de movimientos de extrema derecha en respuesta a las nuevas oleadas de inmigración a Estados Unidos o a los movimientos por los derechos civiles de grupos minoritarios”. 

Un estudio de 2013 del Council on Foreign Affairs arrojó que la desigualdad y creciente frustración no modificó los «valores y creencias fundamentales sobre las oportunidades económicas» como que «el trabajo duro en última instancia da sus frutos» y que «la desigualdad de ingresos es una parte aceptable de una economía saludable». 

Para el 63 por ciento el país se beneficiaba por tener un clase de ricos. Detrás de esos resultados está el apego al individualismo y el rechazo a la intromisión del Estado. Ese constituye el punto sensible del Plan Biden porque esa visión acaba en parlamentarios -no sólo republicanos- que sustentan políticas neoliberales.

China no deja de agitar la bandera de la fragilidad estadounidense. Al fin y al cabo, son voces dentro de Estados Unidos las que alertan que su democracia está en grave peligro. ¿Cómo proponer su sociedad como modelo para el mundo cuando está en profunda crisis, como probaron las imágenes que recorrieron el mundo de la invasión al Capitolio, las denuncias de racismo y los mass shootings que este año superan uno por día?

El proyecto geopolítico Biden precisa atacar lo que llevó al caos a la sociedad estadounidense: el neoliberalismo. Casi medio siglo de capitalismo salvaje llevó a la principal economía mundial a casi una guerra civil. 

El columnista Thomas Friedman afirmó el 9 de agosto pasado en The New York Times que «nuestros dos partidos ahora se asemejan a sectas religiosas en una contienda por el poder de suma cero…se comportan como tribus rivales que creen que deben gobernar o morir». 

Nada que sorprenda a Karl Polanyi (La gran transformación 1944), quien había manifestado que «la idea de un mercado que se regula a sí mismo era una idea puramente utópica. Una institución como esta no podía existir de forma duradera sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad».

Promesa incumplida

La Guerra Fría tuvo un fuerte componente de promesa de mejora de la vida material. En el famoso «Debate de la cocina» de 1959, en la Exposición Nacional Estadounidense en Moscú, Richard Nixon, vicepresidente de Eisenhower, repasa frente al líder soviético Nikita Khrushchev las comodidades de una casa moderna típica en su país y afirma: «Cualquier trabajador metalúrgico podría comprar esta casa».

Pero una década después, la insatisfacción de los «verdaderos americanos» con su sociedad era inmensa, en medio de movimientos civiles, pacifistas y antirracistas, además de cuestionamientos de otros países y empantanado en la guerra de Vietnam. 

El propio Nixon, ahora Presidente, inició el cambio impulsando el neoliberalismo de lo que hoy se llama Alt-rightla nueva derecha populista. En un discurso en 1969 se colocó como vocero de la «mayoría silenciosa» con mensajes supremacistas blancos ‘de silbato de perros’. Para Scott Ladermanes es el inicio del revanchismo de la extrema derecha.

Ronald Reagan en los ’80 culpó al Estado por los sinsabores: «Que lo saquen de nuestras espaldas», bramó. Aumentó los gastos militares para sofocar económicamente a la Unión Soviética y de ese modo fue financiando la carrera armamentista. Lo hizo cortando gastos sociales y abriendo la economía y los movimientos financieros especulativos, limitados en las décadas previas. 

El fin de la Unión Soviética consagró en los ’90 el neoliberalismo como «la única alternativa». Desde entonces, todos los Presidentes siguieron cortando impuestos a los más ricos y a grandes corporaciones y reduciendo gastos sociales, mientras las empresas se trasladaban a Asia buscando trabajadores más baratos y con menos protección.

El saldo neoliberal

El cambio en Estados Unidos fue brutal. En el período1970-2018, el 50 por ciento más pobre pasó de poseer menos de 5 por ciento de la riqueza total a menos de 2 por ciento, mientras que el 1 por ciento más rico pasó de 10 a más de 30 por ciento. 

La participación en el ingresos del tercio superior aumentó de 29 a 48 por ciento, la del sector intermedio cayó de 62 a 43 por ciento y la del inferior pasó de 10% a 9 por ciento. La concentración se acentúa cuanto más se sube en la pirámide: el 1 por ciento de mayores ingresos desde 1979 obtuvo un aumento del 226 por ciento, según Center on Budget and PolicyPriorities. 

Un estudio de Rand Corp (2020) afirma que desde 1975 el ingreso del 90 por ciento más pobre creció menos que la economía, concluyendo que por no haber seguido sus ingresos el crecimiento del PIB, perdieron para 2018 en conjunto 2,5 billones de dólares.

Los efectos sociales han sido profundos. En el último Informe sobre Índice de Desarrollo Humano (IDH) de Naciones Unidas, Estados Unidos aparece en el puesto 17. Su esperanza de vida al nacer (78,9 años) equivale a la de Cuba y está muy por debajo de Japón (84,6). 

En 2016, el Washington Post, en base a un estudio de National Academies of Sciences, Engineering and Medicine, observa en 2010 que el hombre y la mujer promedio de 50 años de ingresos altos podían esperar vivir 13 y 14 años más que los de menores ingresos, respectivamente. Entre 1980 y 2010 la expectativa de vida de mujeres pobres había caído en más de cuatro años

Al destinar algo más que la mitad en relación al PIB que los más gastan se ubicar 13º en el ranking de pruebas educativas estandarizadas de la OCDE (PISA). 

Por otro lado, tiene cuatro veces más población carcelaria y dos tercios más de homicidios por 100.000 habitantes que el promedio. Sus más de 2 millones de presos constituyen un quinto del total mundial sin contar 7 millones en probation, según prisonpolicy.org.

Esto afectó negativamente su economía. El Informe de Competitividad Mundial 2020, elaborado por el Foro Económico Mundial, destaca que Estados Unidos tiene el mejor entorno regulatorio para el desarrollo de nuevas tecnologías y el quinto mejor en términos de flexibilidad en el mercado laboral. Pero no está entre los diez más competitivos en términos de habilidades digitales o en la provisión de una red de protección social adecuada a la competencia capitalista moderna. 

Si bien es la segunda nación más competitiva del mundo en un modelo multidimensional, sus aspectos positivos (marcos regulatorios, tamaño del mercado y la sofisticación del entorno financiero y empresarial) no compensan sus varias debilidades: infraestructura física (13), calidad de la salud (55), adopción de nuevas tecnologías de la información (27), estabilidad macroeconómica (37) y calidad general de las instituciones (20).

El rival

Frente a esta tendencia, China surge como un rival temido. En el promedio 1980-1985, la economía de Estados Unidos representó 31 por ciento del PIB mundial a valores de mercado y 22 por ciento en Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), mientras que la economía de China fue 2,6 y 2,8 por ciento, respectivamente. En 2019, esas cifras fueron para Estados Unidos 25 y 15  por ciento, y para China 16 y 19 por ciento. 

En 2019 el PBI chino medido a precios internacionales ya era superior al de Estados Unidos, al igual que su stock de capital (21 a 12 por ciento) como proporción del total mundial. Con base en datos a dólares constantes de Naciones Unidas, durante los ’80 Estados Unidos era en promedio responsable de 21 por ciento de la producción industrial mundial (manufacturera y extractiva más sectores de servicios públicos), mientras China era 2 por ciento. En 2010 fueron 17 y 23 por ciento, respectivamente.

En promedio de los ’80, Estados Unidos concentraba el 30 por ciento del consumo privado mundial sin gran alteración hasta 2010. La participación global de sus inversiones productivas bajó de 22 a 20 por ciento y la de sus exportaciones se mantuvieron en 11 por ciento. En tanto, China pasó de representar de 3 a 25 por ciento en inversiones, de 1 a 11 por ciento en exportaciones y de 2 a 11 por ciento en el consumo privado. Este último dato de menor crecimiento refleja la prioridad dada a la modernización productiva. 

China es hoy el segundo país que más invierte en innovación tecnológica con un 13 por ciento del gasto global en promedio de 2016 a 2018, detrás de Estados Unidos, con 28 por ciento. Aquí está la razón principal que incomoda a Estados Unidos porque China se acerca al liderazgo en segmentos como telefonía 5G, producción de paneles solares y equipos eléctricos y de telecomunicaciones, producción de trenes de alta velocidad.

Ordenar el hogar

No es China en sí la que produce el retroceso de Estados Unidos, sino su propia opción por el neoliberalismo. Por eso Biden ordena el hogar.

Biden contó que en su diálogo con el líder chino Xi Jinping le explicó que sus países iban a tener una larga confrontación por sus valores diferentes. Luego afirmó, en aparente alusión a Trump, que en el momento en que un Presidente de Estados Unidos abandona esos valores hace que el país pierda su legitimidad en el mundo.

Aunque no lo diga de este modo, el mayor desafío para Biden será superar el neoliberalismo en su propio país.

Contenido publicado en Página12

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