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Horas cruciales

por José Miguel Insulza

Israel está más aislado que lo que nunca ha estado desde su creación. Eso puede no importarle a Netanyahu y su entorno, pero sí afecta al gran número de sus ciudadanos que quisieran ser queridos, apreciados y respetados en su Estado y en el mundo.

Esta semana se ha abierto con tiempos difíciles para todos los actores del conflicto en Gaza. Israel, Palestina, Estados Unidos y las Naciones Unidas, enfrentan duras decisiones ante los recientes acontecimientos, promovidos nuevamente, como ha sido durante todo el conflicto, por las recientes decisiones adoptados por el gobierno de Benjamín Netanyahu.

Hace ya algunas semanas que el Ejército de Israel inició sus operaciones en Rafah, el último enclave poblado que quedaba por ocupar en el territorio de Gaza, donde sobreviven como pueden un millón y medio de palestinos. El enclave es donde radica el único paso autorizado entre Palestina y Egipto y es hoy en gran medida un campamento de quienes huyeron de la masacre de Gaza, pero que a la vez no pueden transitar, ni hacia el norte, porque no pueden cruzar inermes territorios palestinos donde corren graves riesgos a manos del Ejército de Israel; ni hacia el sur, porque Egipto tiene cerrada su frontera a cualquiera que no esté enfermo o no exhiba un pasaporte de otro país.

Esa era la situación hasta el lunes. En los últimos días se habían sucedido bombardeos y ataques a zonas de Rafah, con numerosas víctimas (27 ayer, ocho de ellos niños); pero el gobierno de Tel Aviv subió la presión aún más, aumentando la violencia y ocupando el paso fronterizo entre Gaza y Egipto, en el lado de Gaza. En suma, nadie pasa sin que el ejército de Israel lo permita. Toda la población palestina de Rafah ha quedado aislada del resto de del mundo, confinados en 150 kms. cuadrados y aterrorizados por los continuos bombardeos y ataques de tanques.

Lo extraño es que esta nueva escalada de Netanyahu ocurre en momentos que a algunos parecían promisorios: Hamas había formulado una propuesta de cese al fuego, a través de la mediación de Qatar y Egipto, que Israel se había mostrado dispuesto a considerar y los aliados de Israel, encabezados por Estados Unidos daban señales de esperanzas. Esa propuesta incluye un armisticio por algunas semanas y la devolución de los rehenes israelíes que aún sobreviven en manos de Hamas. Y los últimos debates en Naciones Unidas, aunque la mayoría de los miembros apoya a Palestina, revelan que la propuesta de dos Estados independientes, a pesar del rechazo israelí y de sus enormes dificultades de implementación, parecía ganar terreno como el único modelo realista para iniciar un largo y complejo camino hacia la paz en el Medio Oriente.

La administración norteamericana no ha hecho pronunciamientos públicos sobre el ataque a Rafah, prefiriendo realzar un toque de optimismo por el avance de las negociaciones para el cese al fuego y liberación de los rehenes por parte de Israel y Hamas. Pero esa actitud no excluye que Estados Unidos haya tomado con profunda molestia la escalada israelí. El Presidente Biden había advertido en contra de una “ataque mayor” a Rafah y los bombardeos y ataques con tanques, unidos a la ocupación del paso hacia Egipto (usando además banderas de Israel) parecen ser precisamente eso. Frustrado y afectado por las protestas internas, Washington ha cesado la entrega de nuevos proyectiles a Israel, como una forma de mostrar esa molestia; pero es un hecho el gobierno no ha obtenido ninguna concesión real por parte de Israel y siente que va perdiendo ascendiente con sus aliados al ver que no en capaz de “controlar” a Israel. La prédica al vacío por más de tres meses indigna a Biden y sus colaboradores, a medida que se hace más difícil enfrentar la política de hechos consumados de Netanyahu que sigue exigiendo apoyo incondicional mientras crecen las protestas en todo el territorio de Estados Unidos.

El problema es estrictamente demócrata: Trump y los republicanos no han criticado hasta ahora nada que haga Israel; los estrategas demócratas ven con preocupación, en cambio, que pueden perder a la parte más progresistas de su electorado. Alguna prensa ha aludido ya a similitudes con lo ocurrido en 1968, cuando Hubert Humphrey, el candidato demócrata, perdió en 1968 contra Richard Nixon, abrumado por el rechazo de muchos jóvenes y ciudadanos más progresistas que le quitaron su apoyo por la tragedia de Vietnam. Los emisarios de la Casa Blanca sienten crecientemente que Israel no entiende, o no le interesa entender, los problemas políticos que enfrenta un Biden en campaña.

Algo similar ocurre en Egipto, Arabia Saudita, Quatar y los demás Estados del Golfo y del Mediterráneo, que han estado dispuestos, incluso desde antes de esta crisis, a flexibilizar sus posiciones en cuanto a la existencia de Israel, como una condición para lograr una situación de paz en el Medio Oriente; y ahora se encuentran con un Netanyahu incapaz de hacer ningún gesto. Israel no ha abandonado jamás la línea que inició tras la tragedia del 7 de octubre, exigiendo el apoyo de todo el Occidente y el respeto del mundo árabe, acusando incluso de antisemitismo a cualquiera que disienta de su forma de ver las cosas.

La más reciente exigencia, voceada hace unos días por el representante de Israel en Naciones Unidas, Gilad Erdan, de que Estados Unidos deje de pagar sus contribuciones a la ONU si la Asamblea General aprueba esta semana una resolución que reconoce al Estado Palestino, es muestra de esa actitud. Erdan acusó al Secretario General de la ONU António Guterres de haber alcanzado un “nuevo nivel de bajeza moral” por usar el breve artículo 99 de la Carta para pedir atención al tema de Gaza. (“El Secretario General podrá llamar la atención del Consejo de Seguridad hacia cualquier asunto que en su opinión pueda poner en peligro el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales”). ¿Alguien podrá pensar que es una bajeza moral pedirle al Consejo que se ocupe de un conflicto que ya va llegando a los cuarenta mil muertos y no muestras señales de concluir?

Es ya casi un lugar común decir que, a diferencias de otras contiendas, los resultados de las guerras no se miden por la cantidad de víctimas que cada adversario pierde o el volumen de la infraestructura o las viviendas que destruyen. En la guerra, se dice, lo que verdaderamente cuenta es el logro de los objetivos que cada una de las partes persigue. Ello se cierto, pero sólo parcialmente, porque el costo humano y material, las pérdidas sufridas en la guerra también deben ser incluidas en la ecuación.

Hamas ha sufrido muertes de un gran número de hombres, mujeres y niños y destrucción material en enormes cantidades; pero sus objetivos de liberación e independencia han tenido un enorme progreso, aun a pesar de que al comienzo sus efectivos cometieron crímenes horribles. Al contrario, después de lo ocurrido el 7 de octubre, Israel ha tenido muy pocas bajas y ha destruido materialmente a su enemigo; pero sus objetivos de desarrollo y progreso en un ambiente de paz han retrocedido enormemente con la represalia criminal ejercido en todos estos meses.

Creo que no es aventurado afirmar que casi todo el mundo, líderes, países, formadores de opinión, organismos internacionales quieren ver el fin de la Guerra de Gaza, que ya dura más de siete meses. Pero desgraciadamente tampoco todos estos actores han sido capaces siquiera de imaginar una paz posible y sin pueblos derrotados.

Israel está más aislado que lo que nunca ha estado desde su creación. Eso puede no importarle a Netanyahu y su entorno, pero sí afecta al gran número de sus ciudadanos que quisieran ser queridos, apreciados y respetados en su Estado y en el mundo.

Hamas enfrenta el futuro desangrado y poco apreciado en una Palestina que quiere construir una nación en paz y prosperidad, pero que también saldrá de esta crisis desangrada y dividida.

Los países del Medio Oriente han debido postergar su propuesta de un mundo más próspero, más moderno y más integrado al mundo.

Estados Unidos ha permitido que un aliado absolutamente dependiente de su apoyo prescinda de seguir sus propuestas y consejos y lo fuerce a una confrontación que no está en su interés.

las Naciones Unidas han mostrado su debilitamiento en un mundo fragmentado, que es incapaz de gobernar, o ni siquiera de controlar. Su principal objetivo, la paz y la seguridad en un mundo cada vez más global, sigue dependiendo de la voluntad de cinco naciones, que no tienen acuerdo acerca de cómo enfrentar esta crisis.

Por cierto, lo deseable sería que se logre el acuerdo de cese al fuego e intercambio de rehenes; y a partir de ahí se emprenda un camino realista hacia la coexistencia de dos Estados soberanos. Si eso no ocurre pronto, antes de que Israel vuelva a iniciar por la fuerza una nueva diáspora palestina, estaremos envueltos en un conflicto largo, que pesará más de lo aceptable en el cuadro internacional.

Horas cruciales – El Líbero (ellibero.cl)

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