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Odette Magnet: Bolivia. Deshojando la alcachofa

Hace dos semanas, Evo Morales tomó la palabra en un acto en Cochabamba destinado a ultimar los preparativos del MAS para las elecciones locales y regionales del 7 de marzo próximo. De pronto un asistente le lanzó una silla en medio de gritos de “¡renovación!“, “¡no al dedazo”! y “¡fuera!” En palabras de un dirigente de la Confederación de Interculturales, presente en el acto, “queremos sugerirle que no se meta”.

El bochornoso incidente -inconcebible hace un par de años- ocurrió en la localidad de Lauca Ñ, en el corazón del Chapare, donde “el Evo”, como le dicen partidarios y adversarios, es amo y señor. ¿O era? Allí también está el ala más radical del MAS, que aún manda. Su influencia como presidente de su partido es indiscutible (lo que no es poco) pero lo cierto es que ya no es Presidente. Una buena parte de los masistas ahora exigen no sólo tener voto sino una voz autónoma. No más imposiciones ni instrucciones.

 ¿Nuevos tiempos en Bolivia, otros vientos? ¿O más de lo mismo?

Sembrado de conflictos y turbulencias, este año que cierra ha sido duro para los bolivianos. Hay heridas abiertas, con una sociedad polarizada, visiones aparentemente irreconciliables. Acusaciones por lado y lado, recriminaciones. Una patria cansada, que añora algo parecido a la normalidad. Pero como les gusta decir a los bolivianos, “en Bolivia todo es posible”. No es, ciertamente, un país fácil de comprender. Como una alcachofa, tiene muchas hojas. Hay que deshojarla con paciencia, una a una, para llegar a su corazón.

ASI NO MAS

Pero comienzan a aparecer señales que indican que el nuevo gobierno de Luis Arce seguirá siendo del MAS pero no de Morales. El flamante mandatario dijo al asumir que “nos comprometemos a rectificar lo que estuvo mal y a profundizar lo que estuvo bien (…) “Iniciamos una nueva etapa en nuestra historia y queremos hacerlo con un gobierno que sea para todos y todas sin discriminación de ninguna naturaleza.”

Uno de los tantos retos de Arce será demostrarle al país que no sólo es el Presidente sino que también detenta el poder y gobierna con autonomía. Una duda que hay que despejar a poco andar porque no son pocos los que sostienen que Evo Morales será quien lleve las riendas desde una segunda fila. En entrevista con la BBC, Arce no tardó en poner las cosas en su lugar. ”Si Evo Morales quiere ayudarnos será muy bienvenido, pero eso no quiere decir que él estará en el gobierno”, dijo. Sobre la personalidad de “el Evo”, su sucesor fue escueto.” No va a cambiar. Y tampoco pretendemos que cambie. Va a ser así no más”.

Uno de los tantos retos de Arce será demostrarle al país que no sólo es el Presidente sino que también detenta el poder y gobierna con autonomía.

La historia y sus ironías. Se le reconoce a Arce, un tecnócrata, como el artífice de un periodo de estabilidad y de innegable crecimiento económico y fue ése un argumento clave que llevó a Evo Morales a decidirse por él como candidato presidencial. Durante el llamado “proceso de cambio”, se solía escuchar que el verdadero poder en las sombras lo sustentaba el ministro Arce. Era el líder de lo que se llamaba los Chuquiago Boys (Chuquiago Marka es el nombre aymara de La Paz). Encabezó un período en que el país se benefició del “boom de las materias primas” y el gobierno logró mejorar sustancialmente las condiciones de vida de la población.

El país elevó su Producto Interno Bruto (PIB) de 9.500 millones de dólares a más de 40.000 millones de dólares y redujo la pobreza de 60 por ciento al 37 por ciento, según datos oficiales. Se implementaron políticas sociales para apoyar a los sectores más desfavorecidos y se impulsaron millonarias inversiones en empresas públicas y en la industrialización de sectores como el gas natural, principal producto de exportación de Bolivia.

Resulta ineludible hacer la comparación entre el actual mandatario y su antecesor. Lucho (como se le conoce) y Evo son ciertamente, muy distintos. Al menos en la forma y el lenguaje. El primero se muestra moderado, austero. Toma un vuelo comercial para viajar a Brasil a hacerse un chequeo médico y no el avión presidencial. No usa el helicóptero -como lo hacía Evo- de su residencia a Palacio Quemado. De poco protagonismo en los medios y aparece como una figura convocante, que llama a “la reconciliación nacional”. El segundo se caracterizó por un estilo confrontacional, autoritario. La autocrítica no es su fuerte, tampoco el pluralismo. La libertad de expresión se vio seriamente amenazada bajo su conducción. A los medios de prensa disidentes los castigó con el ahogo económico y llegó a referirse a ellos como “el cartel de la mentira”.

Resulta ineludible hacer la comparación entre el actual mandatario y su antecesor. Lucho (como se le conoce) y Evo son ciertamente, muy distintos. Al menos en la forma y el lenguaje.

Arce tiende puentes, hasta ahora. Morales los quemaba.

Una pista potente de independencia se pudo advertir en la composición del primer gabinete de Arce: 16 ministros -13 hombres, tres mujeres- con una predominancia de profesionales jóvenes, técnicos. Son los llamados “cachorros”, expupilos suyos. Ninguno de ellos tiene alguna relación directa con el gobierno de Morales, quien acostumbraba a formar equipos con un marcado sello ideológico e indigenista.

La gran prueba de fuego serán las elecciones de marzo, que se dan en un contexto complejo, en medio de una crisis económica, social, sanitaria y política. Pero serán cruciales para barajar el naipe político. Se elegirán a los gobernadores de los nueve departamentos de Bolivia y a los alcaldes de los 337 municipios. El 28 de diciembre vencía el plazo para inscribir candidatos“Morales tiene en sus manos la responsabilidad de las elecciones, y ése es el camino para que pueda volver al poder. Eso es lo que quiere”, asegura Mauricio Quiroz, periodista boliviano, exeditor político del diario La Razón. Es probable que, tras los comicios, Evo se sienta tentado a incidir con más fuerza en el rumbo del nuevo gobierno.

Al regresar a Bolivia en noviembre pasado, el exmandatario dijo que se dedicaría a la formación de líderes políticos y a la crianza de un pez llamado tambaquí (pacú en otras regiones) como negocio. Precisó que lo haría desde el Chapare, la selva en el centro del país donde comenzó todo, donde el movimiento de cocaleros lo instaló en el poder el 2006. “El hombre es de ahí. Allí se siente protegido. Pero retirado de la política no está. Y nadie lo cree”, asegura Quiroz.

Al regresar a Bolivia en noviembre pasado, el exmandatario dijo que se dedicaría a la formación de líderes políticos y a la crianza de un pez llamado tambaquí

Si Morales pretende volver a La Casa Grande del Pueblo (nueva sede del Ejecutivo), tendrá que hacer mérito porque su conducción ha enfrentado serios cuestionamientos dentro de su partido, hay divisiones. Y, por otro lado, han surgido nuevos liderazgos, más jóvenes y más diversos durante el año que estuvo fuera. El MAS deberá consensuar algunas leyes importantes con la oposición, pese a que cuenta con mayoría legislativa. Su mayor desafío es reparar el tejido social que ha quedado muy dañado por la dura pugna política. La confrontación del MAS con sus adversarios ha sido intensa después de que se anularan las elecciones el año pasado. Con el solo respaldo de su partido, Arce no puede gobernar y deberá dar pasos de acercamiento con la oposición. Una oposición precaria, fragmentada, que aún digiere la feroz derrota sufrida en las últimas elecciones. Está por verse si podrán articular en forma unida una estrategia funcional a lo que el país requiere.

La urgencia es la tónica del nuevo presidente, quien aceptó el reto y prometió regresar a la “estabilidad económica”. Ardua tarea le espera. Deberá reconstruir una economía destrozada, en parte, por la pandemia. El país tiene uno de los índices más altos de contagios de la región y su sistema de salud está colapsado. Sin embargo, el presidente anunció, el 22 de diciembre, que se garantizará el ciento por ciento de vacunas (6.5 millones de dosis) de manera gratuita y lanzó un “plan estratégico” para enfrentar el virus. No entregó detalles sobre la iniciativa.

VACAS GORDAS Y DELFINES

Otro de los mayores problemas es el déficit fiscal, que ha crecido durante los últimos años ante la reducción de ingresos para solventar el gasto público. El gobierno de Morales acumuló reservas internacionales durante la época de las “vacas gordas”, pero a partir de 2015 éstas comenzaron a disminuir. También las reservas de hidrocarburos. Los economistas coinciden en que se requiere una diversificación del aparato productivo para que Bolivia no siga dependiendo de la exportación de hidrocarburos.

Mientras tanto, Evo mueve sus piezas. Su mayor fuerza está en la Asamblea Legislativa. El presidente del Senado, Andrónico Rodríguez, es un joven politólogo que cobró notoriedad como dirigente de los productores de coca del Chapare. Uno de los delfines políticos de Morales y el rostro más radical del MAS. Hace sólo unos días, Morales “sugirió” que Álvaro García Linera -vicepresidente durante todo su gobierno- sea designado como embajador ante la OEA, la misma entidad que no pudo certificar la transparencia de las elecciones de 2019. Así, dijo Morales, García Linera podría explicar a esta organización–con la elocuencia que lo caracteriza- que no hubo fraude en las elecciones, como acusó su secretario general Luis Almagro (hoy, el enemigo internacional número uno de Morales y el MAS). Otro hombre cercano a Morales aparece nuevamente en la arena del servicio exterior. Sacha Llorenti, ex embajador de Bolivia ante la ONU cuando él era presidente actualmente representa al país ante el bloque ALBA-TCP, una asociación de escasa influencia regional, pero que forma parte de la estructura del chavismo venezolano. 

No es fácil soltar las amarras del poder después de haberlo ejercido durante más de una década. Y de forma tan absoluta. Hasta su partida al exilio en noviembre del 2019, Morales tuvo pleno control de las decisiones del MAS durante los trece años de su gobierno. A ratos recordaba esa tristemente célebre frase que los chilenos conocimos bien en dictadura: “En este país no se mueve una hoja sin que yo lo sepa.” Había un creciente descontento social, protestas, pero al final su palabra era ley. Incondicionales, a sus partidarios no les importaba su autoritarismo, las acusaciones de corrupción, estupro, la sed de poder, y despilfarro de recursos. O al menos, preferían mirar para el otro lado, y callar.

No es fácil soltar las amarras del poder después de haberlo ejercido durante más de una década.

“Mi delito es ser un líder sindical, ser indígena“, dijo Morales en su discurso de renuncia. Pero la verdad es que esa fue una explicación mañosa. Su gobierno presidió un fuerte crecimiento económico, aumento de ingresos y disminución de la pobreza y la desigualdad, particularmente los primeros años. Quizás más importante, le dio voz y presencia a la clase indígena, le devolvió su dignidad y puso a dirigentes sociales en puestos del Estado. Les hizo creer que eran parte de un proyecto colectivo, que el futuro era posible de construir juntos. La consigna “Evo cumple” caló hondo en los comienzos de su mandato.

Sin embargo, tras una década, su gobierno comenzó a debilitarse notoriamente en la fase previa al referéndum del 21 de febrero de 2016, con que pretendía postular a un cuarto mandato. Desconoció su derrota (era la primera vez, desde 2005, que Morales obtenía menos del 50 por ciento de los votos en una elección en la que él estuviera en la papeleta). La cadena de irregularidades electorales condujo a semanas de enfrentamientos violentos, la intervención de las fuerzas armadas y el amotinamiento de la policía. Evo renunciaba en un clima de total ingobernabilidad y partía al exilio con algunos colaboradores cercanos.

tras una década, su gobierno comenzó a debilitarse notoriamente en la fase previa al referéndum del 21 de febrero de 2016, con que pretendía postular a un cuarto mandato.

El gobierno había tocado fondo.

Pero el fin de su mandato -aún se discute si éste terminó o no con un golpe de Estado- no significó, precisamente, el ocaso de Morales. A la distancia, en México y Argentina, sin tiempo que perder, el expresidente se ponía a trabajar activamente en la campaña presidencial. Se llegó a hablar de un gobierno en el exilio. Sin ir más lejos fue él quien designó a Luis Arce -fue su ministro de Economía durante casi los trece años- como el candidato que lograría la victoria, pese a que los movimientos sociales y organizaciones indígenas se inclinaban por su excanciller y actual vicepresidente David Choquehuanca. Un hombre aymara, profundamente andino, que como canciller no hablaba de la política exterior de Bolivia ni de las relaciones internacionales sino de la cosmovisión. “Para los que pertenecemos a la cultura de la vida lo más importante no es la plata ni el oro, ni el hombre, porque él está en el último lugar. Lo más importante son los ríos, el aire, las montañas, las estrellas, las hormigas, las mariposas.”

Pero el fin de su mandato -aún se discute si éste terminó o no con un golpe de Estado- no significó, precisamente, el ocaso de Morales.

Sin ir más lejos fue él quien designó a Luis Arce -fue su ministro de Economía durante casi los trece años- como el candidato que lograría la victoria

Choquehuanca cree en la filosofía del Buen Vivir y tiene un mundo propio. Varios analistas coinciden, sin embargo, en que el triunfo electoral de Arce obedece a la contundente votación del área rural andina, dominada por el liderazgo del actual vicepresidente, con una fuerte base social, promueve el pluralismo político y tiene una postura conciliadora que siempre contrastó con el estilo descalificador de Morales.

Otra vez, a deshojar la alcachofa.

LA TENTACION DEL PODER

“Pronto volveremos y seremos millones”, anunció el presidente derrocado al renunciar. En sus palabras había una mezcla de promesa y amenaza. Y cumplió. Tras un año lejos del poder, el MAS regresó robustecido. El 18 de octubre pasado ganó una elección pacífica, sin fraude, con un 55,1 por ciento (la más alta votación en la historia del partido). El contundente resultado fue posible no sólo por el apoyo que concitó el candidato Arce, sino que también se interpretó como un “voto castigo” contra el gobierno de “transición” de Jeanine Añez. En otras palabras, el éxito se dio, en parte, gracias al fracaso de la presidenta interina. 

El 18 de octubre pasado ganó una elección pacífica, sin fraude, con un 55,1 por ciento (la más alta votación en la historia del partido).

también se interpretó como un “voto castigo” contra el gobierno de “transición” de Jeanine Añez. En otras palabras, el éxito se dio, en parte, gracias al fracaso de la presidenta interina. 

Una política de escasa experiencia y abundante ambición, vicepresidenta del Señado, hasta entonces desconocida, Añez asumió el poder en medio de un clima polarizado, de mucha tensión, que provocaría muertes y denuncias, de lado y lado, de persecuciones políticas mediante la justicia. Prometió llamar a elecciones “limpias, justas y transparentes” dentro de tres meses. Pero, al igual como le sucedió a su antecesor, se engolosinó con el poder y sólo hubo comicios un año más tarde. Incluso, se presentó como candidata presidencial (después se bajaría) y con ello, terminó de deslegitimar a su gobierno, le dio argumentos a la oposición masista, empeoró su imagen internacional y se trenzó en crecientes polémicas con sus adversarios.

De extrema derecha, el gobierno sumó una larga lista de detractores y pocos amigos (Brasil y Estados Unidos fueron los primeros países en reconocer su gobierno). Arce tildó su gestión de “brutal” y “golpista” y la acusó de agudizar la crisis. Dijo que el país pasó de liderar índices económicos en América Latina a presentar “su mayor caída de los últimos 40 años”. Por de pronto, ha derogado la mayoría de los decretos económicos aprobados por Añez, que, según él, abrían un camino de retorno al neoliberalismo.

Las críticas a su gestión coinciden en un punto: fue un régimen revanchista y con un discurso odioso. El periodista boliviano Raúl Peñaranda, director del portal Brújula Digital sostiene que “tuvo una retórica muy fuerte, sobre todo al comienzo, muy de la Guerra Fría. A ratos recordaba al lenguaje de las dictaduras militares de los ‘80s en América Latina.” Los términos empleados: “los comunistas”, “los terroristas”, “los narcomasistas”, “el narcotirano” (por Morales), “los castrocomunistas”. El efecto fue contraproducente porque los partidarios del MAS se sintieron ofendidos con los calificativos de la presidenta interina. Cientos de miles que se habían desilusionado de Evo Morales, prefirieron volver a votar por su partido después de calibrar la propuesta de Añez y su círculo.

Cientos de miles que se habían desilusionado de Evo Morales, prefirieron volver a votar por su partido después de calibrar la propuesta de Añez y su círculo.

“El gobierno de Arce ha intentado calmar las aguas, bajar el tono. Quizás se pueda tener un país en que no todo sea blanco o negro, sino que tengamos muchos grises”, dice Peñaranda.

En Bolivia todo parece posible.

Contenido publicado en La Mirada Semanal

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